El esposo murió… y su testamento dejó a todos en shock: a su esposa solo le dejó una casa abandonada en el desierto, mientras sus tres hijos heredaron toda su fortuna.

Parte 3 :
Al día siguiente, Carmen regresó a Hermosillo. Eduardo y Mariana la esperaban en la sala de su casa junto con Raúl, exigiendo que firmara la autorización para vender la propiedad familiar.
—Mamá, deja los dramas —dijo Eduardo, cruzándose de brazos—. Es solo una casa. Necesitamos el dinero para invertir en nuestros nuevos departamentos. Sé razonable.
Carmen lo miró con una calma que lo desconcertó.
Abrió su bolso, sacó un documento legal preparado por un abogado de confianza esa misma mañana y lo arrojó sobre la mesa de cristal.
—No voy a vender mi casa —dijo Carmen, con una voz tan firme que hizo eco en las paredes—. Les voy a comprar su cincuenta por ciento. Al precio comercial más bajo del mercado. Tómenlo o lárguense. Tienen veinticuatro horas para firmar.
Los tres hermanos se miraron, sorprendidos y burlones. Eduardo rio.
—¿Con qué dinero, mamá? ¿Vas a pagar con la arena de tu choza?
—Con el dinero que su padre me dejó —respondió ella, sin parpadear—. Firmen. Es el único dinero en efectivo que van a ver en mucho tiempo.
Cegados por la arrogancia y la urgencia de tener liquidez, los tres hijos firmaron la cesión de derechos dos días después. Recibieron una cantidad mediocre, creyendo que habían estafado a su madre, sin saber que acababan de firmar su sentencia. En cuanto la casa estuvo cien por ciento a nombre de Carmen, ella cambió las cerraduras y bloqueó sus números de teléfono.
Pasaron seis meses. En el desierto de Sonora, el viejo jacal en ruinas ya no existía. En su lugar, se levantaba una hermosa hacienda de estilo colonial, construida con adobe térmico, techos de teja roja, enormes ventanales y patios interiores llenos de bugambilias, magueyes y fuentes que cantaban con el agua pura extraída del subsuelo. Alrededor, hectáreas de paneles solares brillaban bajo el sol y las bombas del corporativo de agua operaban silenciosamente en la distancia.
Eran las ocho de la mañana. Carmen estaba sentada en la amplia terraza de su hacienda, tomando una taza de café de olla endulzado con piloncillo, respirando el aire limpio y fresco del amanecer. Beto, que ahora administraba las operaciones técnicas de la propiedad ganando un sueldo excelente, se acercó a ella.
—Tía —dijo Beto, señalando hacia el largo camino de terracería que llevaba a la carretera—. Tienes visitas.
Un sedán polvoriento, con la defensa abollada y el motor sonando terrible, se detuvo frente a los portones de hierro forjado de la hacienda. De él bajaron Eduardo, Mariana y Raúl. Se veían demacrados, envejecidos y desesperados.