PARTE 1
Carmen abrió los ojos lentamente, cegada por la luz grisácea que se colaba a través de la persiana rota de un motel de paso en las afueras de Guadalajara. El aire de la habitación olía a humedad, a limpiador barato y a culpa profunda. A sus 65 años, ella solo había buscado una noche de tregua. Llevaba 3 años viuda, atrapada en una casa inmensamente silenciosa y en las llamadas frías de su hija, quien solo la contactaba para pedir favores monetarios. La noche anterior, su comadre Rosa la había arrastrado al Salón Tropicana. Entre luces de neón, música de danzón, grupos de cumbia y el olor a perfume añejo mezclado con sudor, Carmen había querido sentirse viva. Allí conoció a Roberto, un hombre de traje oscuro que no la miró con lástima, sino con un deseo genuino y respetuoso. Bailaron 4 piezas seguidas, bebieron 2 tequilas reposados y, desafiando la moral estricta de las señoras de su edad, terminaron en la habitación número 8 de ese solitario motel.