Tuve que sentarme. La tetera ya hervía detrás de mí, pero yo no podía moverme. Sentía el corazón en la garganta.
Seguí leyendo.
Habían hablado durante semanas. Del abogado. Del convenio. De tiempos. De no levantar sospechas. De esperar un poco después de la boda para que todo pareciera normal. De lo conveniente que era que yo ya me hubiera mudado a su departamento.
Y entonces llegué a los mensajes de tres días antes de casarnos.
Marcos: “Ya con todo firmado, nada más es esperar.”
Rodrigo: “Dos meses, máximo. Si es antes, canta demasiado.”
Marcos: “¿Qué va a parecer? ¿Asalto? ¿Accidente?”
Rodrigo: “En casa es más limpio. Menos cámaras. Menos testigos.”
Sentí que me faltaba el aire.
No lloré. No grité. Hice lo único que pude hacer: tomé mi celular y le saqué fotos a toda la conversación. Una por una. Me temblaban tanto las manos que tuve que repetir varias. Las subí a la nube, las pasé a una memoria USB y dejé el teléfono de Rodrigo exactamente donde estaba.
Cuando salió del baño, me besó la cabeza como si nada.
—¿No te vas a dormir? —me preguntó.
—Ahorita —le dije, y no sé cómo logré que mi voz sonara normal.
Esa madrugada armé una maleta chiquita con mis documentos, tarjetas, escrituras y algo de ropa. A la mañana siguiente le dije que iría a ver a mi mamá porque se sentía mal. Ni se levantó para despedirme.
No fui a casa de mi mamá.
Fui con Fernanda, una amiga abogada de la universidad, y ella me consiguió cita ese mismo día con el licenciado Salgado, un penalista viejo, seco y brillantísimo que no perdió ni cinco minutos en consolarme. Revisó las fotos y me dijo:
—No regresas con él. No firmas nada. Y de aquí nos vamos directo al Ministerio Público.
Ese fue el momento en que entendí que no estaba huyendo de un matrimonio fallido.
Estaba huyendo del hombre que había planeado convertirme en una viuda de mí misma.
Y lo peor era que todavía faltaba enfrentarlo todo en serio.
Si quería salir viva de esa historia, la parte más dura apenas iba a comenzar.