Acababa de salir de una cirugía arriesgada, con el cuerpo débil y el miedo todavía pegado a la piel. Escribí en el grupo familiar que mi vuelo aterrizaba a la una y pregunté si alguien podía recogerme.

Esa noche cenó con Tomás en una fonda pequeña de la colonia Santa María la Ribera, después de semanas de caldo, purés y reposo.

Pidió un pescado a la plancha y media copa de vino.

Se rieron recordando a un antiguo notario maniático que corregía acentos en los márgenes de las escrituras. Hablaron del pasado, sí, pero sobre todo del presente: de una exposición que querían ver, de un viaje corto a Oaxaca cuando los médicos lo permitieran, de la posibilidad simple y luminosa de acompañarse sin grandes declaraciones.

Al salir, la ciudad estaba fresca y limpia después de la lluvia. Tomás le ofreció el brazo. Elena lo tomó.

No sabía qué forma exacta tendría el futuro. Tal vez una amistad reparada por el tiempo. Tal vez un amor tardío. Tal vez solo la paz de sentirse vista. Le bastaba con eso.

Porque lo decisivo ya no era quién había ido a buscarla al aeropuerto.

Lo decisivo era que, desde aquel día, Elena Rivas dejó de esperar amor en el mismo lugar donde tantas veces la habían dejado sola.

Y al hacerlo, empezó por fin a salvarse de verdad.