Rodrigo no le estrechó la mano. Se quedó ahí parado con su celular todavía en la mano, mirándome a mí como esperando que yo dijera que esto era una broma, que todo estaba bien. Pero no dije nada, solo lo miré a los ojos.
Siéntate, Rodrigo, tenemos que hablar.
¿Abogado? Mamá, ¿qué está pasando aquí? ¿Te pasó algo? ¿Alguien te está molestando?
Qué irónico. La persona que me estaba haciendo daño era él y ni siquiera lo sabía. O tal vez sí lo sabía y solo fingía.
Siéntate, repetí, esta vez más firme.
Rodrigo obedeció, pero se sentó en el borde del sofá, tenso. El licenciado volvió a su lugar a mi lado y abrió su maletín. Sacó mi libreta vieja, esa donde había anotado todo durante 6 meses.
Señor Rodrigo, su madre me ha contratado porque necesita resolver un asunto importante con usted.
¿Qué asunto? Mamá, si necesitas ayuda legal, pudiste decirme, yo conozco abogados. No tenías que…
Es sobre lo del dinero que te he prestado, dije. Mi voz salió más clara de lo que esperaba. Todo el dinero que te he dado estos meses.
La cara de Rodrigo cambió. Pasó de la confusión a algo parecido al enojo, pero mezclado con vergüenza.
¿Prestado? Mamá, yo te lo voy a devolver. Ya te lo he dicho mil veces. El taller está pasando por un momento complicado.
Pero el taller va muy bien, interrumpió el licenciado Méndez, sin levantar la voz, pero con firmeza. Según la información que su hermana Ana nos proporcionó, su negocio ha crecido considerablemente en los últimos meses. Han adquirido maquinaria nueva y contratado personal adicional.
Rodrigo se puso pálido, abrió la boca para decir algo, pero no salió nada.
El licenciado puso mi libreta sobre la mesa de centro, abierta en la primera página.
Esta es la libreta donde su madre ha registrado cada peso que usted le ha pedido, cada fecha, cada monto, cada razón que usted le dio. ¿Le gustaría revisarla?
No es necesario. Yo sé cuánto.
Permítame ayudarlo con los números.
Entonces el licenciado sacó un documento que había preparado.
En 6 meses usted ha recibido de su madre un total de 342,000 pesos. Eso equivale a 14 meses de su pensión completa.
Vi cómo Rodrigo tragaba saliva. Nunca lo había visto así, ni siquiera cuando su padre lo regañaba de adolescente por alguna travesura.
Yo voy a devolvérselo. Es solo que el momento no ha sido…
¿Cuando? pregunté. Las lágrimas empezaban a acumularse en mis ojos, pero esta vez no eran de tristeza, era rabia. ¿Cuándo, Rodrigo?
El próximo mes. El siguiente…
Has dicho eso seis meses seguidos.
Mamá, tienes que entender que un negocio…
Yo entiendo que no he podido comprar mis medicamentos por ayudarte. Entiendo que he comido arroz y frijoles durante semanas porque no me alcanzaba para más. Entiendo que he tenido mareos tan fuertes que pensé que me iba a morir sola en mi casa.
Mi voz se quebró en la última palabra.
Rodrigo me miraba con los ojos muy abiertos. Era sorpresa o culpa.
Mamá, yo no sabía…
¿Por qué no preguntaste? En 6 meses nunca me preguntaste si yo estaba bien. Solo llegabas, pedías el dinero y te ibas.
Yo pensé que tú, que con tu pensión…
Mi pensión es de 45,000 pesos al mes. Rodrigo, tú me has pedido en promedio 57,000 pesos mensuales. ¿De dónde creías que iba a sacar la diferencia? ¿Del aire?
El silencio que siguió fue pesado. Podía escuchar el reloj de la pared marcando cada segundo. Rodrigo tenía la mirada fija en el suelo. Sus manos temblaban ligeramente.
El licenciado Méndez rompió el silencio.
Señor Rodrigo, estamos aquí para llegar a un acuerdo. Su madre no desea emprender acciones legales más severas, pero necesita que usted…
El celular de Rodrigo sonó. Todos nos sobresaltamos. Él lo miró y su cara se puso aún más pálida.
Es Viviana, murmuró.
Contesta si necesitas, dijo el licenciado. Tal vez es importante.
Rodrigo dudó, pero finalmente se levantó y salió al pequeño patio trasero. Desde la sala podíamos escuchar murmullos, aunque no las palabras exactas. Luego su voz se elevó.
No, no es eso. Ya te dije que… Viviana, espera, yo te explico.
Hubo una pausa larga. Luego escuchamos algo que sonó como un sollozo ahogado.
El licenciado me miró con una ceja levantada. Yo no sabía qué pensar. ¿Qué tenía que ver Viviana en todo esto?
Rodrigo regresó dos minutos después. Su cara estaba roja y había lágrimas en sus ojos. Se dejó caer en el sofá, ya no en el borde, sino hundido, derrotado.
Viviana viene para acá, dijo con voz ronca. Está a 10 minutos.
¿Por qué?, pregunté.
Rodrigo se cubrió la cara con las manos.
Ella encontró mis movimientos bancarios, los retiros que he hecho los días 28 de cada mes. Ha estado pensando durante semanas que yo tenía una aventura o algo peor, que estaba jugando o no sé. Estaba desesperada. Hasta contrató a alguien para que me siguiera.
No podía creer lo que escuchaba. Viviana no sabía nada. Todo este tiempo pensé que tal vez ella era parte del plan, que tal vez entre los dos habían decidido aprovecharse de mí.
Ella no sabía que me estabas quitando mi pensión.
Mis palabras sonaron más duras de lo que pretendía, pero era la verdad, ¿no?
Ella pensaba que todo el dinero extra venía del taller. Yo le decía que teníamos buenos meses, que estábamos creciendo. Y sí, estamos creciendo, mamá. Eso es verdad, pero yo…
Entonces, ¿para qué querías mi dinero? La pregunta salió como un grito. Si el taller va bien, si tienes dinero, ¿para qué me dejaste sin medicinas? ¿Para qué me dejaste pasar hambre?
Rodrigo no respondió, solo se quedó ahí con la cara entre las manos, temblando.
No tuvimos que esperar mucho. El timbre sonó exactamente 8 minutos después. Fui a abrir yo misma. Viviana estaba ahí con su bolso colgado del hombro, la cara seria. Cuando me vio, su expresión se suavizó un poco.
Suegra, perdón por venir así sin avisar. Necesito hablar con Rodrigo.
Pasa, hija. Creo que todos necesitamos hablar.
Viviana entró y saludó al licenciado con respeto, aunque la confusión era evidente en su cara. Cuando vio a Rodrigo, su mandíbula se apretó.
Explícame, dijo, sin siquiera sentarse. Explícame qué hacías con 50,000 pesos cada mes, porque el detective te siguió aquí tres veces, a la casa de tu mamá, los días que retiraste el dinero.
Rodrigo levantó la vista. Tenía los ojos rojos.
Le pedía dinero prestado a mi mamá. Prestado.
La voz de Viviana subió de tono.
Rodrigo, el taller genera más de 200,000 pesos al mes de ganancia. ¿Para qué necesitas pedirle dinero prestado a tu mamá?
Esa fue la pregunta que destrozó todo, porque hasta ese momento incluso yo había querido creer que tal vez era necesario, que tal vez realmente había emergencias. Pero si el taller generaba tanto dinero…
Dímelo, insistió Viviana. Dime, ¿para qué usabas el dinero de tu mamá?
El silencio se extendió. Rodrigo abrió la boca varias veces, pero no salió ninguna palabra. Finalmente, con una voz tan baja que casi no la escuchamos, dijo:
Para otras cosas.
¿Qué cosas?
La camioneta, los restaurantes, la ropa de los niños, el viaje que hicimos a la playa en marzo.
Cada palabra era como una bofetada.
Viviana dio un paso atrás, llevándose una mano a la boca.
Dios mío. Todo este tiempo, todas esas cosas que yo pensé que eran porque el negocio iba bien…
El negocio va bien, insistió Rodrigo. Pero yo quería… quería que tuviéramos más, que no nos faltara nada, que los niños tuvieran lo mejor.
¿A costa de tu mamá?, gritó Viviana. ¿A costa de dejarla sin medicinas? Rodrigo, ¿en qué estabas pensando?
No lo sé.
Rodrigo también gritó, poniéndose de pie.
No lo sé. Está bien. Empezó como algo pequeño y luego ya no pude parar. Era fácil. Ella nunca me decía que no. Yo pensé que ella estaba bien, que con su pensión podía…
Yo no estaba bien, dije.
Y mi voz cortó el aire como un cuchillo.
No he estado bien en meses, pero cada vez que intentaba decirte algo, me hacías sentir culpable. Me decías que papá estaría decepcionado, que la familia se ayuda sin condiciones.
Mamá, yo…
¿Sabes cuántos días tuve que elegir entre comer o tomar mis pastillas? ¿Sabes cuántas noches pensé que no iba a despertar a la mañana siguiente?
Viviana se dejó caer en una silla llorando. Rodrigo se quedó de pie, paralizado.
El licenciado Méndez esperó a que todos nos calmáramos un poco antes de hablar.
Creo que ahora todos tenemos más claro qué es lo que ha estado pasando. Señor Rodrigo, su madre no quiere demandarle ni crear un problema legal mayor. Lo que ella necesita, y lo que es justo, es que usted le devuelva el dinero que le ha tomado estos meses.
Sí, sí, por supuesto. Se lo voy a devolver.
He preparado un contrato simple.
El licenciado sacó varios papeles.
Usted se compromete a devolverle a su madre la suma total de 342,000 pesos en cuotas mensuales de 14,200 pesos durante 2 años. Son cuotas razonables, considerando los ingresos de su negocio.
Rodrigo tomó los papeles con manos temblorosas, los leyó rápido, casi sin ver realmente.
Está bien, firmo, lo que sea.
Hay una condición más, dije.
Mi voz sonaba extraña, incluso para mí, firme, segura.
No quiero verte hasta que hayas pagado al menos la mitad.
¿Qué, mamá? No puedes…
Sí puedo. Necesito tiempo, Rodrigo. Tiempo para sanar. Tiempo para entender cómo mi propio hijo fue capaz de hacerme esto.
Mamá, por favor…
Es mi condición. Si quieres que esto se quede entre nosotros sin problemas legales mayores, aceptas.
Viviana se limpió las lágrimas y habló con voz firme.