“Córtame el brazo”, suplicó el niño entre fiebre y lágrimas; nadie le creyó, hasta que la mujer que lo cuidaba decidió romper el yeso sin permiso

En ese momento no pensó nada. Ahora todo le parecía una señal.

Por la tarde, Mateo empeoró. Empezó a convulsionar de dolor. Ya no suplicaba, ya no insultaba, ya no se defendía. Solo apretaba los dientes mientras lágrimas silenciosas le corrían por las sienes.

Rosa entendió que si esperaba permiso, el niño podía morir.

Cuando la tormenta cayó sobre la ciudad, bajó al garaje. Buscó entre las herramientas de Carlos hasta encontrar unas pinzas industriales pesadas. Subió con ellas escondidas bajo el rebozo, entró al cuarto de Mateo y cerró la puerta con llave.

Carlos escuchó el seguro.

—¿Rosa? ¿Qué estás haciendo?

Lorena gritó desde atrás:

—¡Se volvió loca! ¡Va a lastimarlo!

Rosa respiró profundo. Mateo la miró sin miedo, solo con esperanza.

—Aguanta, mi amor —le susurró—. Voy a sacar lo que te está matando.

Puso las pinzas en el borde del yeso.

Crack.

El primer corte sonó como si la casa entera se hubiera partido.

Y entonces, por la abertura, salió un olor tan dulce y podrido que Rosa comprendió que la verdad era mucho peor de lo que imaginaba.

PARTE 3

Carlos derribó la puerta de una patada justo cuando el yeso terminó de abrirse.

Entró furioso, dispuesto a separar a Rosa de su hijo, pero se quedó congelado a mitad del cuarto. El olor lo golpeó primero. Luego vio el brazo de Mateo.

No era una simple irritación. Debajo del yeso había una mezcla pegajosa, oscura, con restos de miel, piel inflamada y pequeñas hormigas rojas moviéndose entre la venda interior. Algunas larvas blancas se retorcían en la zona más dañada. Mateo no había inventado nada. No estaba loco. Lo estaban devorando lentamente bajo una cárcel blanca que todos habían llamado “tratamiento”.

Carlos se llevó una mano a la boca y cayó de rodillas.

—No… no, hijo… perdóname…

Rosa, llorando de rabia, pateó el pedazo de yeso abierto hacia él.

—¡Mírelo bien, señor! ¡Eso era lo que lo estaba volviendo loco! ¡Y usted iba a mandarlo a un manicomio!

Carlos no pudo responder. Cargó a Mateo como pudo y corrió al baño. Bajo el chorro de agua tibia, limpió con cuidado el brazo mientras repetía una y otra vez:

—Perdóname, campeón. Perdóname. Papá fue un idiota.

Mateo apenas sollozaba. Estaba demasiado agotado para hablar.

Lorena intentó retroceder hacia el pasillo. Quiso desaparecer sin hacer ruido, pero Rosa la vio.

—Revise el cajón de las medicinas —dijo la nana con voz temblorosa—. El de abajo.