—No va a preguntar. Y si pregunta, lloras. Dices que es por el bien de los dos. Que sin esto el banco… —pausa, veneno— el banco los aplasta. A las mujeres les da miedo perder “la estabilidad”.
Yo apreté la pared para no salir corriendo. Miré el sobre otra vez. Vi un sello notarial impreso y una esquina de lo que parecía un formulario de poder o autorización. No podía leerlo todo desde ahí, pero no hacía falta. La escena gritaba su intención.
Me di media vuelta sin hacer ruido y subí las escaleras como si no hubiera aire en la casa. En el dormitorio, abrí el móvil y no llamé a Adrián. No le di la oportunidad de mentir.
Hice lo que hago cuando algo huele a fraude: dejé que ellos creyeran que yo dormía… mientras yo preparaba la trampa legal.
Porque el departamento era mío.
Y esa noche entendí algo peor: ellos no se casaron conmigo.
Se casaron con una puerta que querían abrir.
A la mañana siguiente actué como siempre: café, tostadas, una sonrisa pequeña. El teatro más útil es el que parece natural. Adrián me besó en la frente como si no hubiera nada debajo de su piel. Montserrat llegó “casualmente” con una bolsa de pasteles, la típica visita que parece cariño y es inspección.
—¿Dormiste bien, cariño? —preguntó ella.
—Como un tronco —mentí.
Mientras hablaban de banalidades, mi mente hacía inventario: ¿qué habían preparado? ¿Un poder notarial? ¿Una “actualización” de datos? ¿Un documento para poner el piso a nombre de Adrián “por matrimonio”? En España, la propiedad no cambia por casarte, pero la gente intenta colarte firmas, renuncias, autorizaciones bancarias. Y Montserrat parecía experta en colar.
Esperé a que Adrián se fuera “al trabajo” —en realidad, a su gestoría, seguro— y entonces hice dos llamadas.
La primera: al Registro de la Propiedad para pedir una nota simple de mi finca. No por duda, sino por prueba fresca: quién figura, si hay cargas nuevas, si alguien intentó presentar algo. Me dieron cita online y un plazo corto. Perfecto.
La segunda: a Clara Gomis, una abogada que conocía por una amiga notaria. Clara no era simpática. Era efectiva.
—No quiero drama —le dije—. Quiero blindaje.
Clara preguntó lo mínimo:
—¿Eres titular registral?
—Sí.
—¿Estás en gananciales o separación?
—Separación. Lo firmamos, por recomendación de mi padre, y Montserrat casi se atraganta ese día.
—Bien —dijo Clara—. Entonces es más fácil. Lo que intentan es un poder, una autorización bancaria o una firma de “reconocimiento” para presentarlo como aportación. Vamos a adelantarnos.
Me dictó pasos:
Revocar por escrito cualquier autorización que Adrián pudiera intentar obtener por vías bancarias (accesos, firmas digitales, tarjetas asociadas).
Bloquear en mi banco cualquier operación inmobiliaria sin mi presencia física y doble verificación.
Preparar un burofax preventivo a Adrián y a Montserrat: “cese inmediato de cualquier gestión sobre mi inmueble; cualquier intento será denunciado”.
Y lo más importante: conseguir una copia del documento que vi.
—¿Cómo lo consigo sin que se den cuenta? —pregunté.