—Quiero verla. Ahora.
—Se leerá —dijo el notario—, si procede, siguiendo el protocolo.
El abogado me miró otra vez, y esa sonrisa mínima regresó, no de burla, sino de certeza.
—Doña María —dijo—, su hijo pidió que usted estuviera presente para esto. Porque la carta empieza con su nombre.
El notario rompió el sobre con una lentitud casi cruel. El papel era grueso, con la caligrafía de Alejandro: la misma letra inclinada con la que me había dejado notas en la nevera cuando vivía en casa.
“Mamá:
Si estás leyendo esto, es que ya no estoy. Ojalá te lo hubiera dicho antes, pero no quería darte otra preocupación. He visto cosas que me han dolido más que cualquier negociación. He permitido que me separen de ti. He confundido paz con silencio. Y he callado por vergüenza.”
Valeria soltó un ruido, mitad risa, mitad desprecio.
“Valeria intentó que cambiara el testamento. Me presionó. Me amenazó con dejarme y con hundirme. He guardado mensajes, correos y movimientos de cuenta…”
Pero lo que Alejandro reveló en la siguiente página no solo destruyó la sonrisa de Valeria… también sacó a la luz pruebas capaces de arruinarla para siempre.
Don Ricardo sabe dónde está todo. No quiero venganza. Quiero que estés protegida y que nadie te humille con mi nombre.”
Me ardieron los ojos. No lloré; me quedé quieta, como si el cuerpo entendiera que cada palabra era una última conversación.
El notario siguió:
“Te nombro administradora porque confío en tu criterio y en tu decencia. No quiero que el dinero se convierta en una jaula para ti ni en un premio para quien me trató como un cajero. Si Valeria acepta lo que le dejo, tendrá tiempo para rehacer su vida con dignidad. Si pelea, que quede claro que pelea contra mi voluntad.”
Valeria se levantó de golpe.
—¡Esto es manipulación! —gritó—. ¡Él no estaba bien! ¡Yo lo cuidé!
El licenciado Ricardo no levantó la voz.
—La caja de seguridad —dijo— contiene pruebas documentales de presiones y transferencias no autorizadas de una cuenta vinculada a la sociedad, realizadas antes del cierre de la venta. También hay conversaciones en las que usted exige cambios testamentarios. Si desea judicializarlo, está en su derecho. Pero no en su beneficio.
El asesor de Valeria palideció. La tomó del brazo, intentó sentarla. Ella se soltó con violencia.
—¡Esto es una trampa de esta mujer! —me señaló—. ¡Siempre me odió!
Yo respiré hondo.
—Yo no te odié, Valeria —dije, por primera vez en toda la mañana—. Yo intenté estar. Tú me apartaste.
Su mirada fue un destello de odio puro, pero ya no tenía el control del cuarto.