Pero Patricia no la dejó.
Alzó la voz.
La interrumpió.
Diego estaba ahí.
Escuchó todo.
Y no dijo nada.
Ni una palabra.
Ni para detener a su madre.
Ni para defenderme a mí.
Ese silencio…
me golpeó más que los gritos.
Yo llevaba demasiado tiempo aguantando.
Demasiado tiempo callando.
Demasiado tiempo sonriendo en reuniones familiares donde me humillaban con indirectas.
Demasiado tiempo aceptando que Patricia decidiera incluso el color de nuestras cortinas…
porque “tenía más experiencia”.
Pero ver a mi madre… avergonzada… en mi propia casa…
Ese fue el límite.
Patricia dio un paso hacia Rosa.
Y gritó:
“¡Si vuelvo a ver a tu mamá pisando esta casa… no la dejo entrar! ¡Para que te quede claro!”
Y entonces… lo sentí.
Algo dentro de mí… se rompió para siempre.
La miré de frente.
Señalé la puerta.
Y sin temblar…
dije lo que nadie esperaba escuchar:
“En ese caso… agarre sus cosas… y váyase ahora mismo de esta casa”.
Y entonces… Diego hizo algo que nunca voy a olvidar.