Afuera, un coche negro estaba esperando. El conductor abrió la puerta respetuosamente.
“Señora. Varela, ¿nos dirigimos a Valle?
– Sí, Julian. Se acabó”.
Mientras el coche se movía, exhalé profundamente. Mariana Cortés ya no existía. Mariana Varela, la mujer que nunca se preocuparon por entender, había regresado.
Tres semanas más tarde, llegaron invitaciones a la casa de Cortés en gruesos sobres de marfil con letras de oro. Asumieron que era una broma.
“Todo el mundo se va”, insistió Doña Teresa. “Si ella quiere avergonzarse a sí misma, estaremos allí para mirar”.
Así que el domingo de Pascua, treinta y dos miembros de la familia Cortés aparecieron, vestidos elegantemente, listos para reírse de mi supuesto fracaso.
Pero cuando llegaron a la puerta de hierro negro, el guardia dijo algo que borró sus sonrisas:
“Bienvenido a la residencia privada de la señora. Mariana Varela.
Y aún no habían visto nada.
El viaje desde la puerta de la casa fue lo suficientemente largo como para que su risa desapareciera lentamente. Por un lado, los jardines de lavanda se extendieron y las vistas del lago Valle de Bravo. En el otro se encontraban establos, vehículos de servicio y personal que se movía con precisión silenciosa.
“Este debe ser un hotel”, susurró Paola.
“O un lugar alquilado”, agregó Doña Teresa, aunque su voz carecía de certeza.
Cuando llegaron, un mayordomo los saludó.
“Buenas tardes. La Sra. Varela está esperando en la terraza.”
En el interior, todo hablaba de permanencia: arte, pisos de piedra, techos altos, luz solar que inunda el espacio. Nada parecía prestado.
Fueron conducidos afuera, donde una mesa larga estaba colocada con vajilla fina, flores frescas y vasos de cristal. Los chefs preparaban comida cerca mientras la música se reproducía suavemente.
Entonces aparecí.
Caminé con calma, usando un vestido azul profundo, compuesto y confiado de una manera que nunca habían visto antes.
“Mariana,” dijo Rodrigo, forzando una sonrisa. “¿Quién te prestó este lugar?”
“Nadie,” le respondí.
“Deja de bromear,” dijo Doña Teresa. “Nunca podrías permitirte esto”.
En ese momento, mi asistente se acercó.
“Señora. Varela, los documentos de transferencia están listos. La junta del Grupo Cortés también solicitó una llamada antes del anuncio del lunes”.
Rodrigo se congeló.
“¿Qué junta?”