Lo miré en silencio.
Pensé que estaba bromeando.
Pero no.
Me explicó, con total naturalidad, que su madre, Doña Carmen, había tenido problemas económicos y que su hermana, Paola, se había separado y necesitaba “apoyo”. Ese apoyo, por supuesto, significaba que yo cocinaría, limpiaría, reorganizaría mi agenda y renunciaría a viajar por la empresa.
Ya lo había decidido.
Sin consultarme.
No discutí.
Esa fue la parte que más lo desconcertó.
Solo asentí, recogí los platos y le pregunté a qué hora pensaba ir a recogerlas al día siguiente. Sonrió como un hombre convencido de haber ganado una batalla.
Al amanecer se fue con su coche a recoger a su madre y a su hermana a Puebla.
En cuanto cerró la puerta, llamé a Laura Méndez, mi abogada.
Después llamé al dueño del departamento donde vivíamos, un lugar amplio que yo pagaba casi por completo desde hacía dos años.
También hablé con la empresa de mudanzas exprés que utilizaba mi compañía para traslados corporativos.
A media tarde, la casa ya no se parecía en nada a la que Alejandro había dejado al salir. Sus cosas estaban clasificadas, inventariadas y empaquetadas.
La cerradura principal había sido cambiada con autorización legal del propietario.
En la entrada, sobre la consola del recibidor, dejé una carpeta azul con copias del contrato de arrendamiento, estados de cuenta, transferencias y una nota muy simple:
“Lo que no se habla con respeto, se resuelve con hechos”.
A las ocho y veinte oí el elevador detenerse.
Escuché primero la voz de Doña Carmen.
Luego la risa de Paola.
Y finalmente la llave de Alejandro intentando abrir una puerta que ya no era suya.
Entonces sonó el timbre.
Una vez.
Dos veces.
Tres…
Y cuando abrí, él vio el pasillo vacío, sus maletas alineadas y a un cerrajero guardando sus herramientas.
Su rostro perdió todo color.
“Valeria… ¿qué demonios hiciste?”
No levanté la voz.
Nunca hizo falta.
Me quedé en el umbral, con una mano apoyada en la puerta y la otra sobre la carpeta azul. Doña Carmen, impecable dentro de su abrigo beige, pasó de la soberbia al desconcierto en apenas un segundo.
Paola, con dos maletas enormes y una funda de ropa colgada del brazo, soltó una risa nerviosa.
Como si creyera que todo era una exageración pasajera.
Alejandro dio un paso adelante.
Pero el cerrajero, que aún estaba allí terminando el servicio, lo miró con firmeza profesional.