“Estaban rojos”, confesó Sofía, bajando la mirada. “Empecé a extrañar mucho a mamá. Solo 1 poquito, papi.
Al ver a tantas familias abajo, me acordé de ella. Pero te prometo que intenté no llorar para no arruinar tu fiesta”.
La confesión estuvo a punto de quebrar a Alejandro en 1000 pedazos.
“Camila se puso furiosa”, continuó Sofía, y su voz adoptó 1 tono de pánico puro. “Me jaló muy fuerte del brazo. Me dijo que yo era 1 niña malcriada, que tenía los ojos hinchados y que me veía horrible.
Que si bajaba con esa cara de tristeza iba a arruinar todas las fotos del fotógrafo caro que ella pagó”. Sofía hizo 1 pausa, cerrando los ojos con fuerza. “Y luego… me quitó mi collar”.
“¿Qué collar?”, preguntó Alejandro, sintiendo que el aire se volvía espeso.
“El relicario con la foto de mamá”, dijo Sofía, señalando el pequeño bote de basura del baño. “Me lo arrancó del cuello. Lo tiró ahí adentro. Me dijo que ella iba a ser mi nueva madre ahora, que ya no necesitaba basura del pasado.
Y me gritó que después de la luna de miel, tú y ella me iban a mandar a 1 internado en Monterrey para que no fuera 1 estorbo en su nueva vida de casados.
Me empujó aquí adentro, cerró con llave y dijo que no saliera hasta que alguien viniera a buscarme”.
Alejandro se quedó paralizado. Su mente repasó las palabras 1 por 1: El jalón. El relicario en la basura. El internado.
Camila no solo había encerrado a su hija; la había maltratado física y psicológicamente, destruyendo la memoria de su madre difunta y amenazándola con el abandono.
Lentamente, Alejandro se acercó al bote de basura, metió la mano y sacó el pequeño relicario de plata que le había regalado a Elena 10 años atrás.
Lo limpió con cuidado y se lo volvió a poner a su hija en el cuello. Luego notó que Sofía seguía apretando algo en su mano derecha.
“¿Qué tienes ahí, pequeña?”
Sofía abrió su puño. Era 1 hoja de papel arrugada y parcialmente rota. En la portada, con crayón rojo, decía:
“Para el mejor papá del mundo”. Adentro, había 1 dibujo. Estaban Alejandro, Sofía y Camila, los 3 tomados de la mano bajo 1 sol gigante.
Arriba, con letras chuecas, la niña había escrito: “Espero que podamos ser 1 familia de verdad y que Camila me quiera”. La hoja estaba rasgada justo por la mitad, separando a la niña de los adultos. Camila lo había roto antes de encerrarla.
Alejandro cerró los ojos.
Había pasado el último año ignorando pequeñas señales: las miradas de impaciencia de Camila cuando Sofía pedía atención, sus quejas sobre cómo la niña era “demasiado apegada”, su insistencia en que los 3 no debían pasar tanto tiempo juntos.
Él había justificado todo pensando que era estrés, pero la realidad estaba ahora frente a él, grotesca y cruel.
“¿Papi?”, susurró Sofía, aferrándose a su solapa. “¿Aún te vas a casar con ella y me vas a mandar lejos?”
Alejandro la miró, levantó a su hija en brazos y la apretó contra su pecho como si fuera su escudo y su espada al mismo tiempo.
“No”, sentenció con 1 voz que no admitía réplica. “Después de esto, no me casaré con ella. Y jamás, escúchame bien, jamás te voy a mandar lejos de mí. Tú y yo somos el equipo número 1”.
Con Sofía en brazos y el dibujo arrugado en su mano, Alejandro salió del baño y comenzó a caminar de regreso al jardín de la hacienda.
Para cuando llegó al patio central, el silencio era ensordecedor. Las 300 cabezas se giraron hacia él.
Las conversaciones entre los invitados murieron en seco al ver la expresión letal en el rostro del novio y los ojos hinchados de la niña. Su madre, doña Leticia, se puso de pie, llevándose 1 mano al pecho.
Su cuñado, el padrino de anillos, dio 1 paso atrás al ver la mirada de Alejandro. Camila seguía en el altar, agarrando su ramo de alcatraces con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos.
Mantenía 1 sonrisa tensa, intentando fingir que todo era 1 simple contratiempo infantil.
Alejandro caminó hasta la primera fila, dejó a Sofía junto a su tía Fernanda y se agachó frente a ella. “Quédate con tu tía 1 minuto, ¿sí?”. La niña asintió.
Alejandro se enderezó y subió los escalones del altar hasta quedar frente a frente con la mujer que casi se convierte en su esposa. El silencio en el jardín era tan denso que se podía escuchar el viento moviendo el papel picado.
“¿Qué significa esto, Alejandro?”, susurró Camila, manteniendo su máscara de compostura. “La gente nos está mirando. Dile a Fernanda que se lleve a la niña para que podamos terminar la ceremonia”.
“¿Terminar la ceremonia?”, repitió él en voz alta, asegurándose de que el micrófono del juez captara su voz para que las 300 personas escucharan. “¿Quieres decir, terminar de arruinarle la vida a mi hija?”
Los ojos de Camila se abrieron de golpe. “¿De qué hablas? Estás exagerando”.
“¿Exagerando?” Alejandro levantó el dibujo roto en el aire. “Encontré a Sofía llorando en el piso del baño. Encerrada con llave”.
1 exclamación colectiva recorrió a los invitados. Las tías de Alejandro comenzaron a murmurar escandalizadas.
Camila se puso roja, perdiendo el control por 1 fracción de segundo. “¡Estaba insoportable!
Tenía la cara roja, no dejaba de llorar por su madre muerta. ¡Iba a arruinar todas las fotografías de la boda! Solo necesitaba unos minutos a solas para calmarse. Yo intentaba ayudar”.
“¿Ayudar?”, la voz de Alejandro retumbó por toda la hacienda. “¿Le arrancaste el relicario de su madre, lo tiraste a la basura, y le dijiste que la ibas a mandar a 1 internado en Monterrey para que no fuera 1 estorbo en nuestra vida? ¿Esa es tu forma de ayudar?”