—Me voy a quedar.
Desde la sala, donde el doctor Ricardo se había quedado dormido cuidando a Mateo mientras ellos hablaban, se escuchó la risa dormida del niño, como si hasta en sueños supiera que algo bueno acababa de acomodarse en el mundo.
Clara no necesitó que nadie la salvara.
Ella se salvó sola.
Lo único que hizo fue abrir la puerta lo bastante para que otros, si eran lo bastante valientes, aprendieran por fin a entrar… y a quedarse.