Dos semanas después, Jimena pidió cambiarse a uno de mis departamentos, no a los mejores. Fue clara en eso. Quería uno de los más chicos, los que rentaba a familias trabajadoras. Quería empezar de cero con lo que pudiera pagar con su propio trabajo. Le conseguí un dos recámaras en la Portales, irónicamente no muy distinto al departamento donde creció.
Empezó a trabajar con Claudio, mi gestor. Puesto de entrada: agendar visitas, control de tablas, atender inquilinos, sin privilegios de hija de la dueña. Claudio tenía instrucciones de tratarla como a cualquier empleado nuevo. Los primeros dos meses fueron difíciles. No estaba acostumbrada a entrar a las ocho, a comer en el comedor de la oficina, a clientes que llamaban a las seis para quejarse de una llave que gotea. Pero fue cada día. La observaba de lejos, no me metía.
En diciembre fui a visitar a doña Tere. Vivía en un cuarto de una vecindad en Nezahualcóyotl. Setenta y ocho años, artritis, una televisión vieja y una foto de su esposo en la mesita. Cuando toqué y me presenté, me miró con la desconfianza justa de quien ya fue engañada por alguien con apariencia confiable.
Le dije que no iba a venderle nada, que sabía lo del fondo, que su dinero había sido localizado, parte de él, y que había un proceso de recuperación, pero que mientras tanto quería hacerle una oferta. Le expliqué lo del Residencial Esperanza, que se terminaría en ocho meses, que había una unidad reservada para ella, subsidiada totalmente mientras se resolvía lo legal. Se quedó callada.
Luego me preguntó por qué hacía eso por ella, una desconocida. Le dije que yo cocinaba para gente como ella todos los días, que me pasé la vida sirviendo comidas a quienes la mayoría no ve, y que a veces la forma de devolver lo que el mundo te dio es asegurar que la gente que trabajó toda su vida no termine sus días olvidada en un cuarto de vecindad. No respondió luego luego, pero cuando me fui estaba sonriendo.
Ocho meses después fui a Tepoztlán para la inauguración. El Residencial Esperanza quedó distinto a como lo imaginé. Quedó mejor. Los arquitectos hicieron un trabajo hermoso: departamentos iluminados, una hortaliza donde antes estaba la cancha de tenis, un consultorio sencillo y un comedor comunitario con una cocina de verdad.
La cocina fue idea de Jimena. Le presentó la propuesta a Claudio tres meses antes, un comedor donde los residentes pudieran comer juntos con comida preparada por cocineros del lugar. Dijo que creció viendo a su madre creer que ninguna comida debe servirse con prisa o desprecio, y quería que ese principio fuera parte del proyecto. Claudio me trajo la propuesta. La aprobé sin dudar.
La mañana de la inauguración llegué temprano. El jardín estaba lleno de familias, hijos y nietos, ayudando a sus padres a cargar cajas. Un señor de setenta y tres años cargaba una lámpara vieja. Una señora entró con una maceta que traía desde su antigua casa. Doña Tere cortó el listón.
Yo estaba atrás, al lado de Jimena, que cargaba a la pequeña Rosa. Jimena traía jeans, una blusa sencilla y tenis. Los lentes de marca habían desaparecido, el pelo lo traía recogido de cualquier forma. Se veía como ella misma.
Cuando doña Tere cortó el listón y la gente aplaudió, sentí que algo se acomodaba en mi pecho. No alivio exactamente, más bien la sensación de terminar una costura y ver que los puntos quedaron firmes.
Jimena se me quedó viendo y dijo bajito que yo había construido todo eso con el sueldo de cocinera. Le dije que lo construí presentándome cada mañana, que construir es solo eso: aparecer, hacer lo que toca y no rajarse cuando se pone difícil.
Se quedó callada un instante. Luego preguntó por la colcha. Le dije que estaba en la pared de mi departamento, enmarcada tras un vidrio, los treinta cuadros preservados. Me preguntó si un día se la iba a dar a Rosita. Le dije que sí. Cuando Jimena sintiera que era el momento, quiso saber cómo iba a saberlo. Le dije que iba a dejar de preguntar. Se rió. Esa risa que reconocía desde que tenía cuatro años y el disfraz de mariposa aún estaba entero. Una risa de quien entendió algo.
Volví a la Portales esa noche, al mismo departamento de siempre, ventana a los ejes, paredes que vibran. Podría vivir donde sea. Tengo propiedades para elegir el piso más alto de la ciudad, pero elijo quedarme aquí porque este lugar me recuerda quién soy y de dónde vengo. Me recuerda que el valor de un lugar no está en el precio del metro cuadrado, sino en lo que pasó dentro de sus paredes.