Lo dijo sin levantar la vista.
Como si repetirlo le diera vergüenza.
Carmen esperó a que el niño se fuera al baño.
Dejó las agujas sobre la mesa.
—No voy a morir antes que él, como esperaba —dijo—.
—Ese era su plan.
A finales de mes, Alejandro atacó primero.
Presentó una solicitud para incapacitar a su madre por “deterioro cognitivo”.
Y afirmó que yo la manipulaba para quedarme con sus bienes.
El escrito era claro:
yo, una exmujer resentida y sin recursos;
Carmen, una anciana confundida.
La audiencia cautelar se fijó para el jueves siguiente, en los juzgados de la Ciudad de México.
La víspera, Laura llegó con el informe preliminar.
—No solo ha vaciado caja —nos dijo—.
—Hay indicios claros de falsificación de documentos y administración fraudulenta.
Carmen se alisó la falda azul.
Me hizo sentarme frente a ella.
—Mañana dirán que estás conmigo por dinero —me advirtió—.
—Recuerda algo: yo te elegí cuando tú no pediste nada.
Dormimos poco.
A las ocho de la mañana, cuando estábamos a punto de salir, sonó el timbre.
Pensé que era el taxi.
Pero era Santiago.
Con el uniforme del colegio.
La mochila colgada de un hombro.
Los ojos hinchados.
—Mamá —dijo, temblando—, no quiero volver con papá.
—Anoche vino la policía a la casa.
—Registraron el despacho… y papá no ha parado de gritar el nombre de la abuela.
Lo metí en la cocina.
Le di agua.
Avise al colegio.
Luego miré a Carmen.
Ella no preguntó nada.
Solo se acercó a su nieto.
—¿Te hizo daño?
Santiago negó con la cabeza.
Pero contó lo demás.
La policía registrando el despacho de madrugada.
Su padre gritando durante horas.
Los golpes en la puerta cuando intentó encerrarse.
—Tu madre y tu abuela me quieren arruinar —le dijo—.
—Y tú vas a ponerte de mi lado.
Nos llevamos a Santiago a los juzgados.
No había otro sitio seguro.
Mi abogado presentó de urgencia una petición para modificar provisionalmente las medidas sobre el menor.
El intento de incapacitar a Carmen.