—Lo siento.
Pausa.
—De acuerdo —dijo ella.
No “todo está bien”. No “hace mucho que te perdoné”. No un “no pienses en ello”. Simplemente “de acuerdo”. Una palabra que cierra una puerta con cuidado, sin un portazo.
Se separaron. Él hacia las cajas, ella hacia la salida. Carmen caminaba y pensaba: “Eso es todo. Siete años. El juicio, la noche con el cuaderno y las columnas, los álamos en el nuevo patio, las paredes verdes en la habitación de Lucía, los mejores resultados en dos años, el psicólogo con el cactus en el alféizar, el dibujo con las tres sonrisas y el hombre junto a la estantería de conservas al que le dijo de acuerdo y siguió adelante”. Salió a la calle. Olía a otoño, a hojas, a aire frío, ese olor especial que solo hay a principios de octubre y nunca más. Se quedó un segundo, ofreciendo el rostro al viento. Se fue a casa.
Encontró el diario por casualidad. Ordenando el altillo en busca de la ropa de invierno de Lucía, se topó con una caja de zapatos donde guardaba papeles viejos. Un cuaderno de cuadrícula, la portada descolorida, las esquinas gastadas. Lo abrió al azar. La caligrafía de una joven Carmen, rápida, inclinada, a veces ilegible. Aquella Carmen tenía 22 años y acababa de firmar el contrato de alquiler de la primera tienda y no dormía por el miedo y la expectación al mismo tiempo. Las líneas de la página trataban precisamente de eso.
“Probablemente no saldrá nada, pero no puedo no intentarlo. Me gustaría que alguien me dijera: ‘Saldrá bien. Creo en ti’. Pero no hay nadie que lo diga, así que tengo que creer yo misma”.
Carmen estaba sentada en el suelo del altillo, sosteniendo el cuaderno y leyendo. Aquella chica de 22 años tenía miedo de todo, de que no saliera bien, de no ser lo suficientemente inteligente, de que el mercado no la aceptara, de que el primer proveedor la engañara, de que simplemente no fuera suficiente. Simplemente no suficiente. Esa expresión aparecía varias veces en diferentes páginas. Carmen cerró el cuaderno. No le escribió una respuesta a aquella chica. No lo hizo. Hay cosas que no necesitan palabras. Aquella chica lo había conseguido y esa era la única respuesta que tenía sentido.
Todo lo que había querido construir, lo había construido, solo que no como lo había imaginado a los 22 años. De otra manera más complicada, con rodeos y desvíos, con lo que tuvo que destruir antes de volver a construir. Pero lo construyó. Devolvió el cuaderno a la caja, cerró el altillo, encontró la ropa de invierno de Lucía.
La mañana del domingo llegó con sol, inesperado para esa época del año, generoso, bajo, como solo es el sol de otoño, dorado y un poco culpable por irse pronto. Lucía se despertó antes que su madre. Eso pasaba los fines de semana, cuando no había colegio y se podía levantar cuando quisiera, no cuando debía. Carmen oyó sus pasos en la cocina. Luego el sonido de los cajones al abrirse.
—Mamá —gritó Lucía—, hagamos tortitas.
—Voy —respondió Carmen.
Hicieron las tortitas juntas. Carmen preparaba la masa. Lucía estaba a su lado, vigilando con aire de supervisora a la que se le ha confiado el control de calidad en cada etapa. Cuando la masa estuvo lista, Lucía exigió darles la vuelta ella misma.
—Se te van a caer —observó Carmen.
—No se me caen, estoy aprendiendo.
Era un argumento de peso. La primera tortita salió torcida. Un borde más grueso que el otro, el centro un poco arrugado, pero se dio la vuelta y cayó en la sartén entera sin romperse. Lucía la miraba con la seriedad con la que se mira el resultado de un trabajo importante.
—Casi perfecta —dijo.
Carmen se rió, no educadamente, sin contenerse, de verdad, por la sorpresa y porque era exactamente así de divertido y así de preciso al mismo tiempo. Casi perfecta. Una tortita torcida, entera y caliente, y una niña con una espátula en la mano, absolutamente satisfecha con el resultado.
Fuera de la ventana estaban los álamos. El sol llegaba a las ramas más bajas y las encendía con un oro lento. En el patio, alguien paseaba a un perro. Corría en círculo sobre las hojas caídas con tanto entusiasmo como si las hojas acabaran de ser inventadas especialmente para él. Una mañana de domingo normal, una tortita torcida, risas en la cocina, los álamos en la ventana, el sol que pronto se iría, pero que de momento estaba allí. Exactamente aquello con lo que Carmen Ruiz no sabía que soñaba y por eso no lo buscaba. Y se encontró solo mientras ella estaba ocupada con otras cosas, construyendo, defendiendo, soltando, aprendiendo a sentarse junto a la ventana y no abrir el portátil.
Carmen Ruiz no consiguió lo que quería en su 38 cumpleaños. El brindis que esperaba no se produjo. Se produjo otra cosa. Y esa otra cosa, por extraño que parezca, resultó ser un regalo cruel, mal envuelto, sin lazo, pero un regalo. Le dio lo que ella no se atrevía a tomar por sí misma: un permiso. El permiso para detenerse, mirar a su alrededor y finalmente hacerse la pregunta que había pospuesto durante siete años. ¿Quién era ella sin él?
La respuesta fue inesperada, no porque fuera complicada, sino porque era simple. Resultó ser ella misma, la misma, con un negocio en cuatro ciudades, con una hija que dibuja gente con sonrisas, con una madre que la ve por dentro, con álamos tras la ventana y tortitas torcidas los domingos. La misma chica del diario de cuadrícula que escribió: “No hay nadie que lo diga, así que tengo que creer yo misma”. Y resultó que tenía razón. Y lo consiguió. Y construyó. Y resistió. Simplemente ella misma.