El resto iría al comedor comunitario de San Judas, en la colonia Doctores, donde desde hacía meses yo ayudaba los martes sin que mis hijos lo supieran. Parte del dinero sería para adultos mayores abandonados. Otra parte para mujeres viudas que no podían pagar renta. El local quedaría a nombre de una asociación que daba consultas médicas baratas. Las joyas de Ernesto se subastarían, excepto su anillo de bodas, que pedí que me enterraran conmigo.
Arturo terminó de redactar y me pasó la pluma.
—¿Se los va a decir?
—Todavía no.
Durante las semanas siguientes, mis hijos actuaron como si nada hubiera pasado. Mauricio me mandó mensajes sobre “ordenar papeles”. Patricia llegó un domingo a revisar mis vitrinas “para ayudarme a clasificar recuerdos”. Javier me preguntó si podía usar mi casa para grabar un video sobre “la nostalgia de las abuelitas mexicanas”.
Le cerré la puerta.
Pero el verdadero giro llegó un mes después.
Una vecina me enseñó el video del pastel. Javier lo había subido a Facebook. Tenía miles de reacciones. No por gracioso, sino por indignante. La gente los estaba destrozando en comentarios.
Y entonces entendí por qué mis hijos empezaron a llamarme desesperados.
No venían por perdón.
Venían porque el país entero ya los estaba viendo como lo que eran…
PARTE 3
Mauricio llegó primero, sudando aunque la mañana estaba fresca. Detrás venía Patricia con lentes oscuros, y Javier caminaba mirando su celular como si todavía buscara borrar el desastre que él mismo había provocado.
Entraron sin pedir permiso.
—Mamá, tenemos que hablar —dijo Mauricio.
Yo estaba sentada en la sala, con una taza de café de olla y el anillo de Ernesto colgado en una cadena. No me sorprendieron. El licenciado Duarte me había avisado que mis hijos preguntaron en el banco por mis movimientos y que alguien les comentó que había cambios legales.
Patricia se quitó los lentes. Tenía los ojos rojos, pero no de tristeza. De coraje.
—Nos estás exhibiendo.
Solté una risa pequeña.
—No, hija. Ustedes se exhibieron solos.
Javier levantó las manos.
—Ma, ya bajé el video. Ya estuvo. La gente exagera todo.
—¿La gente? —pregunté—. ¿O por fin alguien les dijo lo que yo nunca me atreví?
Mauricio golpeó la mesa con la palma.
—Si esto es por el dichoso pastel, ya supéralo. Somos tus hijos.
Lo miré largo rato.
—Mis hijos fueron los niños a los que cargué con fiebre en la madrugada. Los jóvenes a los que les pagué carreras. Los adultos a los que les di dinero para enganches, deudas y divorcios. Pero los que se sentaron en mi comedor a llamarme vieja inútil… esos no sé quiénes son.
Patricia empezó a llorar.
—¿Y qué quieres? ¿Que te pidamos perdón de rodillas?
—Quiero que entiendan que una madre también se cansa.
Entonces se los dije.
—Cambié mi testamento. Cada uno recibirá un peso. Todo lo demás irá al comedor de San Judas y a personas que sí saben agradecer un plato caliente.
El silencio fue brutal.
Javier palideció.
—No puedes hacer eso.
—Ya lo hice.
Mauricio se levantó furioso.
—Esa casa también es nuestra.
—No. Es mía. La compré con Ernesto cuando ustedes todavía dormían abrazados a sus cobijas.
Patricia susurró:
—Papá no hubiera querido esto.
Ahí sí me dolió. Pero no bajé la mirada.
—Su padre murió preguntando por ustedes. Ninguno llegó a tiempo porque estaban ocupados. No usen su nombre para tapar su vergüenza.
Mauricio salió dando un portazo. Patricia lo siguió llorando. Javier se quedó un segundo más.
—Ma… ¿de verdad nos vas a dejar sin nada?
Me levanté despacio.