—Ya me ha alcanzado.
Pausa.
—Pero ahora no huyo.
A lo lejos, otros perros comenzaron a ladrar.
Uno.
Luego otro.
El eco se extendió entre los muros de concreto.
Un nuevo día nacía en el centro.
Pero esta vez… con ella al mando.
En el crepúsculo, cuando las estrellas empezaron a aparecer una tras otra, su sombra y la de Sombra se fundieron en una sola.
Serena.
Firme.
Silenciosa.
Y aunque nadie volvió a atreverse a reírse de ella, en el corazón de todos quedó un respeto silencioso, casi supersticioso.
Hacia una mujer que no dominaba el miedo ajeno…
sino a la bestia que habitaba en su interior.