—Nunca. Te lo prometo.
Camila suspiró.
—Me gusta que seamos tú y yo.
—A mí también, chaparrita.
Esa noche hicimos sopa juntas, como antes. Ella revolvió la olla, probó la sal y se rió cuando se manchó la nariz.
Mariana creyó que había ganado porque durante años nadie vio a los niños que lastimaba. Pero perdió el día que mi hija abrió los ojos y decidió contar la verdad.
Porque los monstruos viven del miedo, del silencio y de los secretos.
Y cuando una niña por fin es escuchada, hasta el monstruo más frío termina cayendo.