—¡Miente!
La jueza ordenó que se sentara.
El testigo, Tomás Beltrán, confirmó lo que faltaba: llegó tras el golpe y escuchó a Rodrigo ordenar que dijera que se había resbalado. No intervino por miedo; habló de pagos en efectivo, despidos sin liquidación, jornadas de catorce horas sin contrato.
La sala cambió. Ya no era un divorcio incómodo; era algo más profundo rompiéndose.
Patricia presentó documentos bancarios: transferencias, gastos, coincidencias. La herencia de Lucía había sostenido el negocio —remodelaciones, veterinarios, combustible, nómina— y, después del accidente, Rodrigo desvió dinero a empresas familiares mientras ella aprendía a caminar otra vez.
Lucía alzó la mano y tocó el corsé.
—Esto no es fragilidad, su señoría… es la factura de haber sostenido su negocio y su orgullo al mismo tiempo.
La jueza pidió un receso. Nadie se movió enseguida. Rodrigo ya no parecía arrogante; parecía un hombre que empezaba a entender, demasiado tarde, que su propia burla iba a quedar registrada junto a todo lo demás.
Pero lo que nadie en esa sala imaginaba… era que la verdadera caída de Rodrigo Salazar ni siquiera había comenzado.
“¡Eres como una bestia de carga, fácil de montar!”, Au, se burló su esposo en pleno juicio de divorcio, arrancando miradas incómodas y un silencio venenoso en la sala.