Esteban me acercó un vaso de agua.
—Te van a odiar —dijo.
—Ya lo hacían.
Eso le arrancó una media sonrisa.
Fue la primera vez que lo vi parecerse a alguien cansado y no a una estatua.
—Ven —me dijo.
Lo seguí fuera del salón principal y volvimos al elevador privado. Nadie nos detuvo.
Subimos al piso 14 en silencio.
Cuando la puerta de su oficina se cerró detrás de nosotros, sentí el cambio de aire. Abajo todo era cristal, luces, gente fingiendo control. Arriba, el edificio olía a papel viejo y madera guardada.
La placa de bronce seguía allí. El apellido Armenta, intacto, como una amenaza y una deuda.
Esteban dejó la carpeta gris a un lado y abrió un cajón con llave.
Sacó un sobre color marfil, grueso, con mi nombre escrito a mano.
No el de casada.
El mío.
Mariana Vélez.
Lo miré sin tocarlo.
—¿Qué es eso?
—Algo que tu padre dejó aquí hace once años —dijo—. Me pidió que solo te lo entregara si alguna vez decidías dejar de pedir permiso.
No pude hablar durante varios segundos.
Mi padre había muerto creyendo que yo no sabía cuánto lo humillaron cuando pidió ayuda a los Armenta. Yo también lo creía.
—¿Qué hay adentro?
Esteban me sostuvo la mirada.
—La razón por la que Leonor nunca quiso que tuvieras acceso a esta oficina.
El pulso me golpeó en la garganta.
Todo lo de esa noche ya había sido demasiado. El video. La junta. Emiliano cayendo frente a todos. Camila saliendo escoltada. Los inversionistas cerrando puertas.
Y aun así, frente a ese sobre, sentí que apenas estaba tocando la superficie de algo mucho más antiguo.
Lo tomé con las dos manos.
Pesaba más de lo que imaginé.
Esteban se acercó a la ventana y miró las luces de Polanco abajo, diminutas, frías.
—Lo de hoy fue un escándalo —dijo—. Lo que sigue es una guerra.