Mi mamá tomó su bolsa con la mano libre y me hizo una seña suave.
—Vámonos, hija.
Yo asentí.
Pero antes de salir, me giré una vez más.
Teresa seguía plantada junto a la mesa, tiesa, sin saber qué hacer con el vestido impecable, la familia callada y la humillación servida frente a todos.
Diego, al otro lado, no se atrevía ni a tocarme.
Y Rodrigo, que había venido a anunciar un compromiso, solo miraba el piso como si acabara de descubrir que esa casa nunca fue hogar para nadie.
Al cruzar el patio, el aire de la tarde me golpeó la cara. Traía olor a tierra húmeda, a limón recién cortado y a leña apagada. Mi mamá caminó despacio a mi lado. Mi papá fue detrás de nosotras con la carpeta apretada contra el pecho.
Detrás, en el comedor, nadie se movía.
Solo quedó la mesa puesta, la olla de caldo aún caliente y la silla de Teresa torcida hacia un lado, como si la violencia acabara de sentarse ahí y no quisiera levantarse todavía.
Y en la ventana de la cocina, colgaba un rebozo olvidado sobre el respaldo de una silla.
La Virgen seguía encendida.
Pero la puerta ya no estaba abierta para ellos.