Mi papá observó los muebles de lujo con ojos brillantes. Diego me llamó “hermanita” tres veces en menos de cinco minutos. Lucía, con su vestido ajustado y la mano sobre el vientre, fingió ternura.
—Qué bueno que entendiste que la familia es primero —dijo.
Serví la cena. Dejé que hablaran. Dijeron que todo había sido un malentendido, que estaban estresados, que Lucía tenía hormonas, que Diego se sintió presionado. Mi mamá incluso mencionó que la casa necesitaba arreglos y que, quizá, yo podía ayudar.
Sonreí.
—Claro. La familia se ayuda, ¿no?
En el postre, Diego levantó su copa.
—Por la sangre. Porque la sangre pesa más que cualquier problema.
Dejé la cuchara sobre el plato.
—Curioso que hables de sangre. La de Pedro Santos también pesó. La del hombre que mataste.
El silencio cayó como piedra.
Lucía palideció.
—No sé de qué hablas.
Saqué mi celular y reproduje un audio.
“Isa, por favor, di que tú ibas manejando. Si Diego cae preso, se muere. Te lo vamos a pagar, hija, te lo juramos.”
Era la voz de mi mamá.
Luego otro audio: Diego llorando, diciendo que no vio al hombre cruzar. Después, un video de la cámara del tablero: Diego al volante, Lucía gritando, el golpe seco, la huida.
Mi papá se levantó.
—Apaga eso.
—No.
Tocaron la puerta.
Lucía miró hacia la entrada con terror.
—¿Esperas a alguien?
—Sí —respondí—. La justicia.
El detective Méndez entró con cuatro agentes. Leyó los cargos: Diego y Lucía por homicidio culposo agravado y fuga; Carmen y Roberto por coerción, encubrimiento y obstrucción de la justicia.
Mi mamá gritó que era mi madre. Diego me suplicó. Lucía lloró diciendo que su bebé nacería sin casa.
Yo solo contesté:
—Yo también lloré dos años. Y nadie fue a verme.
El juicio fue noticia nacional. “Mujer inocente pasó dos años en prisión por salvar a su hermano.” Las pruebas fueron irrefutables. Diego y Lucía recibieron doce años. Mis padres, ocho. La casa fue embargada para pagar indemnizaciones.