Por eso creamos una holding familiar, una sociedad patrimonial llamada Villaseñor Patrimonio S. de R.L.. Todos mis inmuebles, incluido el departamento frente al mar donde yo vivía, no estaban a mi nombre como persona física. Eran propiedad de la empresa. Yo era administradora vitalicia con poderes absolutos. Diego, sí, tenía participación en la sociedad, pero sin voto y sin facultades para vender nada. Había, además, una cláusula clarísima: ningún inmueble podía enajenarse sin mi firma digital como administradora.
Sobre el dinero, la cosa era aún más sencilla. Diego solo conocía mi cuenta corriente del día a día, donde yo dejaba cuarenta o cincuenta mil pesos para gastos mensuales. Mi verdadero patrimonio estaba en cuentas de inversión vinculadas a la holding, en instituciones que él ni siquiera sabía que existían.
Es decir: Diego no me había quitado la fortuna.
Me había robado el cambio.
Y lo del departamento era peor: había vendido algo que legalmente no podía vender.
Había cometido fraude.
Me preparé un café. Me senté a pensar. Tenía dos caminos. El primero: llamarlo, advertirle, salvarlo de la cárcel. El segundo: dejar que la vida le diera la lección que yo no fui capaz de darle en treinta y tantos años.
Recordé su voz al teléfono.
“Nos vemos. O tal vez no.”
Recordé a Vanessa preguntando si mi casa no era demasiado buena para una vieja sola.
Recordé mi firma arrancada entre fiebre y confianza.
Me tomé el café de un solo trago.
Y decidí no salvarlo.
Al día siguiente, el amor de madre terminó donde empezaba la ley.
Al día siguiente, jueves, me vestí como si fuera a una guerra elegante. Me puse un vestido azul marino de seda, perlas, tacones sobrios y un labial rojo que Ernesto siempre decía que me daba cara de mujer invencible. Luego llamé a mi abogado, el licenciado Raúl Cárdenas.
—Raúl, te veo en el Club Mirador del Pacífico a las ocho. Lleva a la policía. Voy a denunciar un fraude, falsificación y abuso de confianza.
Hubo un silencio.