Parte 2…

Ninguno de ellos entendió lo que quise decir.
Todavía no.
Cuarenta y ocho horas después, los cité en la sede corporativa de la empresa que mi abuela había levantado con sangre, hambre y veinte años sin descanso.
Alejandro llegó primero.
Traje azul oscuro. Reloj brillante. La misma sonrisa arrogante del hombre que creyó que podía destruirme entre un desayuno y una firma.
Detrás de él venían Patricia y Roberto.
Ella cubierta de oro y perfume caro.
Él hablando por teléfono como si ya fuera dueño de todo lo que veía.
Ni siquiera intentaban disimularlo.
Ya se sentían ricos con mi dinero.
La gente codiciosa siempre comete el mismo error: confunden el silencio con debilidad.
Los observé caminar por el vestíbulo de mármol mientras los empleados se apartaban en silencio.
Ninguno de ellos sabía que ya estaban entrando a su propia ejecución.
La sala de juntas ocupaba todo el último piso del edificio. Los ventanales dejaban ver Monterrey extendiéndose bajo la luz gris de la mañana.
Doce directores esperaban sentados.
Mi equipo legal también.
Dos auditores financieros.
Héctor Salgado.
Y al fondo de la sala, el retrato de mi abuela Isabela observándolo todo con aquella mirada dura que siempre hacía temblar a los hombres mentirosos.
Alejandro se detuvo en seco.
Por primera vez desde nuestra boda, dejó de sonreír.
“¿Qué demonios es esto?”, preguntó.
Me acomodé lentamente en la cabecera de la mesa.