Sentí duelo.
No por la mansión.
Por la cantidad de mí que mi familia creyó merecer para construirla.
En un cajón del escritorio del estudio encontré una tarjeta escrita por mi madre para Camila.
“Disfruta tu renacer, hija. Todo lo que una madre hace por sus hijos buenos, la vida lo recompensa.”
Hijos buenos.
Plural engañoso.
Porque ambas sabíamos que ahí no cabíamos las dos.
Doblé la tarjeta y me la llevé.
No como recuerdo.
Como epitafio.
Hoy sigo viviendo en Portales.
La mesa sigue coja.
La laptop ya no tanto.
Mi historial crediticio se está limpiando, lento, como se limpia una herida mal cosida: primero con dolor, luego con paciencia y finalmente con la cicatriz que te obliga a recordar por dónde te abrieron.
No me reconcilié con Camila.
No me reconcilié con mi madre.
A mi padre lo veo poco.
Con Raúl no hablo.
No porque me encante vivir resentida.
Porque por primera vez entendí que la distancia también puede ser una forma de higiene.
A veces me preguntan, con esa curiosidad grasosa que la gente usa cuando quiere drama ajeno empaquetado como moraleja, si valió la pena denunciar.
Yo siempre respondo lo mismo.
No denuncié por una mansión.
Denuncié porque el día que mi madre dijo “tú puedes aguantar más” entendí que, si no lo frenaba ahí, un día me iban a enterrar con la libreta de deudas en la mano y todavía iban a llorar diciendo que qué fuerte fui.
Y yo ya no quería ser la fuerte.
Quería ser la dueña de mi nombre.
Eso fue lo que pedí.
Eso fue lo que defendí.
Eso fue lo que, por fin, dejé de prestar.