Me llamo Valeria Aguilar, tengo 27 años y vivo sola en un departamento pequeño en Guadalajara, cerca de la avenida Chapultepec.

La había aprendido como se aprenden los privilegios: respirándolos todos los días hasta que el abuso ajeno empieza a parecerte logística familiar.

Recordé demasiadas cosas al mismo tiempo.

Las piñatas donde, si yo lloraba, me decían que ya estaba grande, pero si Sofía se enojaba, le compraban otra muñeca.