Me llevaron a una residencia de ancianos cuando mi nieto apenas tenía trece años. Cinco años después, cuando él cumplió dieciocho, vino a verme…Au

Parte 2…

Al principio pensé que había oído mal.

—¿Contigo, Diego? ¿Adónde?

—A mi casa.

Sonreí con tristeza.

—Tú todavía no tienes casa, hijo.

—Sí la tengo. No es grande, no es bonita, no es perfecta, pero es mía. Trabajo desde hace meses. Y me admitieron en la universidad. Voy a estudiar y a trabajar a la vez. Será difícil, lo sé. Pero tú no te quedas aquí.

Lo miré durante mucho rato. En sus ojos seguía estando aquel mismo dolor de años atrás, pero ahora había algo más fuerte que el dolor: había determinación. Y sentí miedo. No miedo de irme, sino miedo de creer. A cierta edad una aprende a no hacerse ilusiones, porque las ilusiones rotas pesan más que la soledad.

—No quiero ser una carga para ti —le dije en voz baja.

Él se agachó hasta quedar a mi altura y me tomó las manos.

—No eres una carga. Eres mi familia. Y si yo te dejo aquí sabiendo que puedo hacer algo, entonces no sería mejor que ellos.

No supe qué contestar. Solo le apreté los dedos.