Mi esposo, Diego, estaba hablando al 911 con la voz rota, pero firme....

Camila llegó emocionada con su vestido amarillo y sus sandalias nuevas. Pero a los pocos minutos, sus primos empezaron a arrebatarle sus muñecas, a burlarse porque no quería correr con ellos, a decirle “chillona” cuando se acercó a mí con los ojos llenos de lágrimas.

“Mamá, vámonos”, me susurró.

Le dije que nos iríamos después del pastel.

Todavía me odio por eso.

Más tarde me pidió agua. Desde mi silla podía ver la cocina. La casa era conocida. Pensé que estaba segura.

Treinta segundos después, escuché la voz de mi papá.

“¡Eso no es tuyo, escuincla malcriada!”

Me levanté de golpe.

Camila estaba junto a la hielera, sosteniendo una lata de refresco rojo. Mi papá la tenía acorralada contra la barra, con la cara roja de coraje.