Camila llegó emocionada con su vestido amarillo y sus sandalias nuevas. Pero a los pocos minutos, sus primos empezaron a arrebatarle sus muñecas, a burlarse porque no quería correr con ellos, a decirle “chillona” cuando se acercó a mí con los ojos llenos de lágrimas.
“Mamá, vámonos”, me susurró.
Le dije que nos iríamos después del pastel.
Todavía me odio por eso.
Más tarde me pidió agua. Desde mi silla podía ver la cocina. La casa era conocida. Pensé que estaba segura.
Treinta segundos después, escuché la voz de mi papá.
“¡Eso no es tuyo, escuincla malcriada!”
Me levanté de golpe.
Camila estaba junto a la hielera, sosteniendo una lata de refresco rojo. Mi papá la tenía acorralada contra la barra, con la cara roja de coraje.
“Perdón, abuelito”, dijo ella, chiquita, temblando. “Pensé que podía.”
Él se quitó el cinturón.
Corrí.
Pero no llegué a tiempo.
Mi papá levantó el brazo. Camila retrocedió del susto. Su sandalia resbaló en el piso mojado.
Cayó de espaldas.
Y cuando su cabeza golpeó el azulejo, toda la fiesta se quedó sin aire.
Me arrodillé junto a ella, presioné una servilleta contra la herida y empecé a llamarla.
“Cami, mi amor, mírame. Mami está aquí.”
No respondió.
Mi papá solo dijo:
“Para que aprenda a no agarrar cosas ajenas.”
Entonces entró Maribel, miró a Camila tirada, y soltó:
“Alguien tenía que enseñarle respeto.”
Mi mamá dio un paso al frente. Pensé que por fin iba a ayudar.
Pero miró la sangre, miró a los invitados y dijo:
“Tu hija se lo buscó.”
Y ahí entendí que lo que venía no iba a destruir solo una fiesta.
Iba a destruir a toda mi familia.
No podía creer lo que estaba a punto de pasar…
PARTE 2
La ambulancia llegó en menos de diez minutos, pero a mí me parecieron años.
Los paramédicos nos pidieron espacio. Revisaron la respiración de Camila, su pupila, la herida en la parte de atrás de la cabeza. Uno de ellos me preguntó qué había pasado, y antes de que yo pudiera contestar, mi mamá se adelantó.
“Se cayó jugando. Los niños son muy inquietos.”
Diego la miró como nunca había mirado a nadie.
“No. Su esposo le aventó el cinturón.”
El silencio fue peor que un grito.
Mi papá apretó la mandíbula.
“Yo no le pegué. Nomás la iba a corregir.”
“Con un cinturón”, dijo Diego.
“Así se crían los hijos decentes”, respondió mi papá, todavía orgulloso.
Yo estaba temblando, pero no de miedo. De furia.
Me subí a la ambulancia con Camila. En el hospital, entre luces blancas, estudios y preguntas, el mundo se me hizo pequeño. Diagnóstico: conmoción cerebral, herida profunda y una fisura leve en el cráneo.
“La niña tuvo suerte”, dijo el doctor.
Yo quise gritarle que mi hija no necesitaba suerte. Necesitaba adultos que no la lastimaran.
Cuando Camila despertó, abrió apenas los ojos y buscó mi mano.