Su vestido azul caía con suavidad sobre su vientre de ocho meses, y cada gesto suyo transmitía una calma que, en ese momento, me parecía admirable, casi envidiable.
Durante meses, todos la habíamos tratado como un milagro viviente, protegiéndola, cuidándola, evitando cualquier incomodidad, como si su embarazo fuera algo frágil y sagrado.
Yo sonreía, repartía bebidas, hablaba con los invitados, pero en el fondo había algo en mí que no lograba alinearse con esa perfección aparente que todos celebraban.
No sabía qué era, ni por qué me incomodaba, pero estaba ahí, escondido, creciendo en silencio como una sombra que nadie más parecía notar.
Entonces, justo cuando la música alcanzaba su punto más alegre, la puerta del jardín se abrió con un sonido seco que cortó el ambiente como una cuchilla invisible.
Giré la cabeza, casi por instinto, y lo vi a él, a Daniel, mi esposo, de pie en el umbral, como si acabara de entrar desde otro mundo completamente distinto.
No era solo su presencia lo que me inquietó, sino la manera en que su cuerpo parecía cargado de una tensión que no podía explicarse con simples palabras.
Su camisa estaba empapada de sudor, pegada a su piel, y su rostro tenía un tono pálido que no correspondía con el calor de la tarde ni con el ambiente festivo.
Había algo en sus ojos, algo oscuro, decidido, como si hubiera llegado con una misión que no admitía interrupciones ni explicaciones.
—¿Daniel? —pregunté, avanzando hacia él con una mezcla de preocupación y desconcierto que empezaba a volverse miedo.
No respondió, ni siquiera me miró, y en ese instante comprendí que yo no era el motivo de su presencia allí.
Su mirada estaba fija en Lina, clavada en ella con una intensidad que hizo que mi piel se erizara sin que pudiera evitarlo.
—Aléjense de ella —dijo, y su voz no era fuerte, pero tenía una firmeza que hizo que la música se detuviera casi de inmediato.
El silencio cayó como una losa sobre todos los presentes, aplastando las risas, congelando los gestos, transformando la celebración en algo irreconocible.
Lina dejó de sonreír, y sus manos se movieron instintivamente hacia su vientre, protegiéndolo, como si hubiera entendido algo antes que el resto de nosotros.
—¿Qué haces aquí? —preguntó, y su tono ya no era dulce, sino tenso, cortante, casi defensivo.
Daniel comenzó a caminar hacia ella, paso a paso, sin apresurarse, pero sin detenerse, como si cada movimiento estuviera calculado con precisión.
Sentí que el aire se volvía más pesado, que mi pecho se cerraba, que algo irreversible estaba a punto de suceder frente a todos nosotros.
—Daniel, detente —dije, sujetándolo del brazo, intentando anclarlo a la realidad que compartíamos, pero él no reaccionó como esperaba.
No me apartó, pero tampoco me reconoció, como si yo fuera invisible, como si en ese momento solo existieran él y Lina en una confrontación silenciosa.
—Lo siento —murmuró, y esas dos palabras, en lugar de tranquilizarme, hicieron que el miedo se multiplicara dentro de mí.
Porque no sonaban como una disculpa, sino como una advertencia tardía de algo que ya no podía detenerse.
Y entonces sucedió.
Sin previo aviso, sin explicación, sin lógica aparente, Daniel levantó el brazo y golpeó a Lina directamente en el vientre con una fuerza que dejó a todos paralizados.