MI ESPOSO GOLPEÓ A MI HERMANA EMBARAZADA EN SU BABY SHOWER…

Su vestido azul caía con suavidad sobre su vientre de ocho meses, y cada gesto suyo transmitía una calma que, en ese momento, me parecía admirable, casi envidiable.

Durante meses, todos la habíamos tratado como un milagro viviente, protegiéndola, cuidándola, evitando cualquier incomodidad, como si su embarazo fuera algo frágil y sagrado.

Yo sonreía, repartía bebidas, hablaba con los invitados, pero en el fondo había algo en mí que no lograba alinearse con esa perfección aparente que todos celebraban.

No sabía qué era, ni por qué me incomodaba, pero estaba ahí, escondido, creciendo en silencio como una sombra que nadie más parecía notar.

Entonces, justo cuando la música alcanzaba su punto más alegre, la puerta del jardín se abrió con un sonido seco que cortó el ambiente como una cuchilla invisible.

Giré la cabeza, casi por instinto, y lo vi a él, a Daniel, mi esposo, de pie en el umbral, como si acabara de entrar desde otro mundo completamente distinto.

No era solo su presencia lo que me inquietó, sino la manera en que su cuerpo parecía cargado de una tensión que no podía explicarse con simples palabras.

Su camisa estaba empapada de sudor, pegada a su piel, y su rostro tenía un tono pálido que no correspondía con el calor de la tarde ni con el ambiente festivo.

Había algo en sus ojos, algo oscuro, decidido, como si hubiera llegado con una misión que no admitía interrupciones ni explicaciones.

—¿Daniel? —pregunté, avanzando hacia él con una mezcla de preocupación y desconcierto que empezaba a volverse miedo.

No respondió, ni siquiera me miró, y en ese instante comprendí que yo no era el motivo de su presencia allí.

Su mirada estaba fija en Lina, clavada en ella con una intensidad que hizo que mi piel se erizara sin que pudiera evitarlo.