Fernanda llevaba años viviendo de favores. Primero el departamento que pagó su mamá. Luego un negocio de uñas que Alejandro ayudó a financiar y que cerró en menos de un año. Después las tarjetas de crédito, los préstamos “temporales”, las llamadas a medianoche. Siempre había una excusa. Y siempre, detrás, estaba mi marido resolviéndole la vida con dinero que no era solo suyo.
—Devuélvele las llaves —dije.
Alejandro resopló.
—No hagas un drama.
—No estoy haciendo nada. Devuélvele las llaves de mi coche.
—Eres increíble —soltó, y entonces remató—. De verdad, no aportas un sueldo y aun así actúas como si mantuvieras esta casa.
No le respondí. Recogí los platos, limpié la mesa, lavé la cara de Mateo, peiné a Valeria para la escuela. Hice todo con una serenidad que a mí misma me resultó extraña. Alejandro salió media hora después, convencido de haber ganado otra discusión por agotamiento.
A las once dejé a los niños con mi vecina Claudia durante cuarenta minutos. Me puse un saco beige, saqué una carpeta del cajón de abajo del escritorio y conduje el coche pequeño que casi nunca usábamos hasta una notaría en Polanco. Dentro de la carpeta estaban las escrituras de la casa: una vivienda en las afueras de Ciudad de México que mi padre me había donado cinco años antes de casarme, con cláusula expresa de bien privativo.
No grité. No llamé a Fernanda. No rogué. Solo hice una cosa.
Sentada frente al notario, dije con voz firme:
—Quiero poner la casa en venta hoy mismo.
Y esa misma tarde, cuando Alejandro llegó y vio a una agente inmobiliaria fotografiando la sala, el color se le cayó de la cara.
La agente se llamaba Gabriela Torres y no era mujer de perder el tiempo. Había llegado a las cinco y diez con una carpeta, una tablet y una energía eficiente que contrastaba con el silencio espeso de la casa. Midió los espacios, preguntó la orientación, comprobó la terraza, tomó fotos del jardín y del estudio. Yo iba detrás de ella respondiendo con precisión: metros útiles, remodelación de la cocina, año de instalación del boiler, gastos de mantenimiento.
Cuando Alejandro abrió la puerta y la vio encuadrando la escalera principal, dejó el portafolio en el suelo.
—¿Qué está pasando aquí?
Gabriela sonrió con profesionalismo.
—Buenas tardes. Estamos preparando la ficha de venta del inmueble.
Él giró hacia mí con una expresión entre incredulidad y ofensa.
—Mariana, dile que se vaya.
—No —contesté.
Gabriela entendió enseguida que aquello no era un malentendido inmobiliario. Guardó un segundo silencio y siguió trabajando con discreción, como si la tensión no le rozara.
—¿No? —Alejandro dio un paso hacia mí—. ¿Estás loca?
—No. Estoy cansada.
Su mandíbula se tensó.
—Esta casa es de la familia.
—No —dije otra vez—. Esta casa es mía.
Vi en sus ojos el instante exacto en que rebuscó en la memoria, buscando un detalle que siempre había considerado irrelevante. Las escrituras. La donación de mi padre. La separación entre lo suyo, lo mío y lo que él había decidido apropiarse por costumbre.
—Estás casada conmigo —dijo, bajando la voz—. No puedes tomar una decisión así sin hablarlo.
—¿Y tú sí puedes regalar mi coche sin hablarlo?
No respondió. Gabriela siguió fotografiando el comedor y luego pidió ver la recámara principal. Alejandro la fulminó con la mirada, pero ella solo levantó las cejas con educación.
—Continuaré cuando me indiquen —dijo.
—Continúe —le pedí.