Esa noche llevaba una camisa azul que él mismo había escogido. Estaba nervioso, pero había hecho el esfuerzo de saludar a todos, de sentarse derecho, de sonreír aunque Paulina lo mirara como si estuviera ocupando una silla que no merecía.
Todo empezó cuando mi mamá, doña Carmen, pidió que nos acercáramos para una foto familiar.
—Vengan todos, mis hijos, mis nietos —dijo emocionada.
Emiliano se levantó conmigo.
Ricardo soltó una risa seca.
—No, mamá. Dijiste familia.
El fotógrafo bajó la cámara. Mis sobrinos se quedaron callados. Paulina fingió acomodarse el collar, pero la sonrisa le salió demasiado rápido.
Yo miré a Ricardo.
—¿Qué acabas de decir?
Ricardo se encogió de hombros.
—No hagas drama, Mariana. Solo digo que hay cosas que son como son. Emiliano podrá vivir contigo, podrá usar tu apellido si quieres, pero no es uno de nosotros.
Sentí que el aire me faltaba, pero no por mí. Por Emiliano. Porque vi cómo sus dedos se cerraron sobre la servilleta. Porque vi cómo bajó los ojos, intentando desaparecer.
Mi mamá susurró:
—Ricardo, por favor…
Pero no lo detuvo.
Paulina, con esa voz dulce que usaba cuando quería clavar un cuchillo sin ensuciarse las manos, añadió:
—Además, si Mariana se va a ofender por cada comentario, quizá sería mejor que ella y el niño se retiraran. No queremos arruinar la noche.
El niño.
Ni siquiera dijo su nombre.
Hubo un silencio largo. Nadie defendió a Emiliano. Ni mi mamá. Ni mis tíos. Ni los primos que en diciembre aceptaban mis regalos con abrazos falsos.
Me levanté despacio.
—Tienes razón, Paulina. Nos vamos.
Ricardo sonrió, satisfecho, como si al fin hubiera puesto orden.
Tomé la chamarra de Emiliano y puse mi mano sobre su espalda.
—Y junto con nosotros también se va mi dinero.
La sonrisa de Ricardo desapareció.
—¿De qué estás hablando?
Lo miré de frente.
—De la renta de esta casa, de las mensualidades de tu camioneta, de la tarjeta corporativa que usas para cenas, de las colegiaturas de tus hijos, del seguro médico de Paulina y de los pagos atrasados del negocio que según tú era “temporalmente” responsabilidad mía.
Paulina dejó la copa sobre la mesa con tanta fuerza que casi se rompió.
—No puedes hablar así frente a todos.
—Ustedes hablaron así frente a mi hijo.
Ricardo se puso de pie.
—Mariana, no seas ridícula. Somos familia.