PARTE 2
No la presioné. A los niños asustados no se les arranca la verdad, se les construye un lugar seguro para soltarla.
—Aquí nadie te va a regañar por decir la verdad —le dije.
Sofía tragó saliva.
—¿Y si los grandes se enojan?
—Que se enojen conmigo.
Al día siguiente dejé hojas y crayones sobre la mesa. Sofía siempre dibujaba lo que no podía decir. Primero hizo la casa de su abuela: la alberca, el jardín, Pancho dormido bajo un árbol. Luego dibujó personas. Esperaba verla a ella, a Elena y quizá a Valeria. Pero había cuatro figuras más: un hombre alto, una niña pequeña, Valeria tomada de su mano y Sofía aparte, en una esquina.
—¿Quiénes son? —pregunté.
Sofía dejó de colorear.
—No sé si puedo decir.
Esa tarde, al guardar su ropa, encontré en su mochila un ticket arrugado: pañales, jugos para niños, velitas de cumpleaños, platos decorados y papillas. No eran compras para una nieta de visita. Eran compras de una casa donde vivía otra niña.
Esa noche, mientras Sofía abrazaba su almohada, le pregunté:
—¿Por qué no querías hablarme cuando estabas allá?
—Porque podía perder.
—¿Perder qué?
—El juego. Si perdía, mamá y abuela se enojaban.
Sentí como si el piso se abriera. Hasta ese momento quería creer que Elena era controladora, metiche, tóxica. Pero Valeria también estaba dentro.
Dos días después, durante el desayuno, Sofía soltó la frase que terminó de romperme:
—La abuela dijo que tenía que aprender a quererlo.
Se me cayó el tenedor.
—¿A quién, Sofi?
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Al señor Leandro.
No hice escándalo. Un hombre desesperado les facilita el trabajo a quienes quieren pintarlo como loco. Revisé estados de cuenta, gasolina en zonas donde Valeria decía no ir, un pago de hotel barato cerca de la carretera México-Cuernavaca y un nombre: Leandro Bastos.