Mi madre me usó para pagar su casa y la boda de mi hermana, pero me borró de la lista por ser madre soltera

Nunca me dijeron gracias. Solo me decían:

—Dios te va a recompensar.

Cuando Jimena anunció que se casaba con Mauricio, un arquitecto de familia acomodada de León, mi mamá empezó a hablar de la boda como si fuera un evento real.

—Tiene que ser elegante, Daniela. No podemos quedar mal con esa familia.

Yo busqué haciendas, proveedores, flores, banquete y hasta mariachi. Encontré una casona preciosa en Tequila, con patio de cantera, bugambilias y una capilla antigua. El anticipo era altísimo, pero mi mamá insistió en que luego me lo pagarían.

—Solo ponlo tú, hija. Como tienes buen crédito.

Lo puse.

El contrato quedó a mi nombre.

Una semana después, revisé por casualidad la lista de invitados que Jimena había enviado al grupo familiar. Mi nombre no estaba. El de Leo tampoco.

Pensé que había sido un error. Todavía tenía esa costumbre triste de inventar excusas para no aceptar que me estaban usando.

Llamé a mi hermana.

—Jime, creo que se les olvidó agregarnos a Leo y a mí.

Ella suspiró.

—Ay, Dani, mamá dijo que ya lo habías entendido.

—¿Entendido qué?

—Que tal vez no era buena idea que fueras. Mauricio tiene familia muy conservadora. No queremos preguntas incómodas sobre… ya sabes, tu situación.