Nunca me dijeron gracias. Solo me decían:
—Dios te va a recompensar.
Cuando Jimena anunció que se casaba con Mauricio, un arquitecto de familia acomodada de León, mi mamá empezó a hablar de la boda como si fuera un evento real.
—Tiene que ser elegante, Daniela. No podemos quedar mal con esa familia.
Yo busqué haciendas, proveedores, flores, banquete y hasta mariachi. Encontré una casona preciosa en Tequila, con patio de cantera, bugambilias y una capilla antigua. El anticipo era altísimo, pero mi mamá insistió en que luego me lo pagarían.
—Solo ponlo tú, hija. Como tienes buen crédito.
Lo puse.
El contrato quedó a mi nombre.
Una semana después, revisé por casualidad la lista de invitados que Jimena había enviado al grupo familiar. Mi nombre no estaba. El de Leo tampoco.
Pensé que había sido un error. Todavía tenía esa costumbre triste de inventar excusas para no aceptar que me estaban usando.
Llamé a mi hermana.
—Jime, creo que se les olvidó agregarnos a Leo y a mí.
Ella suspiró.
—Ay, Dani, mamá dijo que ya lo habías entendido.
—¿Entendido qué?
—Que tal vez no era buena idea que fueras. Mauricio tiene familia muy conservadora. No queremos preguntas incómodas sobre… ya sabes, tu situación.
Mi situación era mi hijo. Mi hijo hermoso, alegre, inocente.
Colgué sin decir nada.
Esa noche abrí mi computadora y busqué cada comprobante. Transferencias, recibos, capturas, correos, mensajes de WhatsApp, el contrato de la casona, el pago del vestido de novia que Jimena “solo me pidió prestado”. Al sumar todo, me temblaron las manos: más de 1,700,000 pesos.
Entonces encontré el mensaje que me dejó fría.
Mi mamá le había escrito a la suegra de Jimena:
“Daniela no irá. Ella sabe que su presencia puede incomodar. Además, prefiere quedarse con su niño.”
No me habían olvidado. Me habían escondido.
Por eso, cuando mi mamá me desinvitó frente a todos en aquella comida, no lloré. Miré a Leo, miré a Jimena con su anillo brillando sobre la mesa, miré a mi papá callado como siempre.
Luego metí la mano en mi bolsa.
Y cuando saqué el sobre amarillo, mi mamá dejó caer la cuchara.
PARTE 2
Puse el sobre en medio de la mesa, justo entre el plato de frijoles y el pastel que mi mamá había comprado para celebrar “la unión de dos familias decentes”.
—Ya que estamos hablando de quién pertenece y quién no —dije—, creo que todos deberían saber quién ha estado pagando esta casa.
Mi mamá se puso rígida.
—Daniela, no empieces con tus escenas.
—No es una escena. Es contabilidad.
Saqué el primer paquete de hojas.
—Aquí están 24 pagos del crédito hipotecario. Todos hechos desde mi cuenta. Aquí está el predial. Aquí están las consultas de papá. Aquí están los depósitos para la boutique de Jimena. Y aquí está el anticipo de la casona donde será una boda a la que no me quieren invitar.
Mi tía Lupita tomó una hoja y abrió la boca.
—¿Tú pagaste todo esto?
—Sí.
Jimena se levantó de golpe.