En ese momento vi tres vehículos estacionarse frente a la casa: dos patrullas de la Fiscalía General de Justicia del Estado de Morelos y un auto particular. Del auto particular bajó el licenciado Ramírez. De las patrullas bajaron cuatro agentes, liderados por una mujer de unos 45 años con credencial colgando del cuello.
“¿Señorita Patricia Méndez?”, preguntó la agente.
“Sí”.
“Agente investigadora Mónica Sandoval, de la Fiscalía Especializada en Delitos Patrimoniales. Tenemos una orden de comparecencia para la señora Guadalupe Méndez Ortiz y la señorita Sofía Méndez Ruiz por fraude agravado y falsificación de documentos”.
Los invitados comenzaron a voltearse. Mi mamá intentó retroceder, pero yo la detuve con una palabra.
“Mamá, no corras”.
Sofía apareció de la casa, todavía en bata, su maquilladora detrás de ella.
“¿Qué está pasando, mamá?”
La agente Sandoval se acercó.
“¿Es usted Sofía Méndez Ruiz?”
“Sí, pero…”
“Señorita Méndez, tengo preguntas sobre una propiedad registrada a su nombre en la colonia Del Valle, Ciudad de México, y sobre transferencias bancarias fraudulentas”.
El jardín se llenó de murmullos. Miguel, el novio, apareció confundido.
“¿Qué propiedad, Sofía? ¿De qué hablan?”
Mi hermana me miró con odio puro.
“Esto es tu culpa. No podías dejarme ser feliz un día”.
“Sofía”, dije calmadamente, “¿sabías que mamá falsificó mi firma para comprar tu casa? ¿Sabías que dejó una deuda de casi 2,000,000 a mi nombre?”
“Yo… nosotros… tú tienes dinero. Podías ayudarnos”.
“Te mandé 7,812,000 pesos en 7 años”, respondí. “¿No fue suficiente ayuda?”
El silencio fue absoluto. Incluso la banda dejó de afinar sus instrumentos.
Miguel miró a Sofía.
“¿Qué? ¿Casi 8 millones? Tú dijiste que tus ahorros…”
“Todo siempre es de Patricia”, completó mi mamá amargamente. “La exitosa, la que tiene dinero, la que puede darse el lujo de ser tacaña con su propia familia”.
La agente Sandoval intervino.
“Señora, señorita, necesito que me acompañen para declarar. Tienen derecho a llamar a un abogado”.
“No hice nada malo”, gritó mi mamá. “Soy su madre. Ese dinero era de la familia”.
“Señora”, dijo la agente firmemente, “falsificar documentos y suplantar identidad son delitos federales. El dinero no importa. Los documentos falsos, sí”.
Los agentes comenzaron a guiar a mi mamá y a Sofía hacia las patrullas. Los invitados sacaron sus teléfonos. Algunos grababan, otros tomaban fotos. Todo el jardín era un caos de murmullos y movimiento.
Miguel se acercó a mí, su cara de confusión absoluta.
“Patricia, yo no sabía nada de esto, lo juro”.
“Lo sé”, respondí cansadamente. “Sofía tampoco sabía todo. Solo sabía que mamá había encontrado una forma de comprar la casa”.
Él negó con la cabeza.
“7 millones durante años y ella siempre se quejaba de que tú no ayudabas a la familia”.
Cuatro semanas después, los cargos fueron formales: fraude agravado, falsificación de documentos y suplantación de identidad. Mi mamá enfrentaba de 6 a 12 años de prisión. Sofía, por recibir bienes de procedencia delictiva, enfrentaba de 3 a 5 años.
La casa fue embargada. Se vendió en 2,600,000 pesos. Después de pagar la hipoteca, quedaron 1,20,000 pesos que fueron directamente para cubrir parte de mi deuda fraudulenta. El banco, después de verificar el fraude, eliminó la deuda restante de mi historial.