Preguntó si yo autorizaba otra forma de cobro o si debía proceder según protocolo interno.
Miré la ventana del hospital.
Llovía sobre Puebla con esa lluvia cansada que no limpia nada, solo vuelve todo más gris.
Pensé en mi madre vaciando mi cuenta mientras yo tenía una pulsera blanca y un doctor diciendo que mi oxigenación se desplomaba.
Pensé en Diego riéndose.
En mi padre llamando “apoyo familiar” a robarme el dinero del tratamiento.
Y respondí:
—Proceda según protocolo.
No hizo falta explicar más.
A las once con diecisiete sonó mi celular como si fuera una alarma de incendio.
Teresa.
Contesté.
No sé exactamente por qué.
Tal vez porque parte de mí todavía necesitaba oírla derrumbarse para aceptar que la hija obediente ya no estaba disponible.
No saludó.
Gritó.
Gritó tan fuerte que hasta la señora de la cama de al lado se volvió a mirar.
—¡Nos arruinaste todo, malagradecida! —chilló—. ¡El hotel quiere que paguemos hoy mismo o nos saca! ¡El paseo en barco se canceló y tu padre hizo un ridículo espantoso en recepción!
Me acomodé el oxígeno con una mano.
No respondí enseguida.
La dejé vaciarse.
La dejé hablar del ridículo.
Del dinero.
De los empleados mirándolos.
De la vergüenza.
Ni una sola pregunta por mí.
Ni una.
Cuando terminó, con la respiración entrecortada por el coraje, dije lo único que me salió.
—Yo apenas podía respirar y tú estabas comprando trajes de baño.
Se hizo silencio.
No un silencio arrepentido.
Uno sorprendido.
Como si de verdad no hubiera esperado que yo conectara ambas cosas.
Luego vino el veneno.
—No te hagas la santa, Mariana. Todo siempre tiene que girar alrededor de ti. Una gripa, un desmayo, una crisis… lo que sea te sirve para llamar la atención.
La palabra gripa me revolvió el estómago.
—El doctor dijo que mi infección se complicó porque me sacaste antes —respondí—. Pude haberme puesto peor. Pude haberme muerto sola en tu casa.
Ella se rio.
Una risa corta, agria.
—Ay, ya salió la novela. Si de verdad estuvieras tan mal, ¿cómo pudiste llamar al banco?
Nunca la había odiado tanto.
No por lo cruel.
Por lo lógica que le parecía su propia crueldad.
Como si el hecho de que aún pudiera marcar un número invalidara el que me hubieran abandonado sin medicinas reales, sin dinero y sin aire.
—Escúchame bien —dije despacio, porque me costaba sostener la respiración sin toser—. No vuelvas a tocar mi cuenta. No vuelvas a usar mi nombre. Y no quiero que entres a mi expediente ni te acerques a mi cama.
—¿Me estás prohibiendo ver a mi propia hija?
—Me estás obligando a protegerme de ti.
Colgó.
A los cuarenta segundos llamó Ernesto.
Esa sí me dolió más.
Porque mi padre no era un volcán como Teresa.
Era peor.
Era un hombre manso para la violencia ajena.
El tipo de cobardía que sonríe, evita y deja hacer para no tensar el ambiente, aunque el precio lo pague siempre alguien más débil.
—¿Era necesario hacer eso? —preguntó, cansado, como si yo hubiera cambiado la ruta del país y no bloqueado una tarjeta que me vaciaron.
—¿Era necesario dejarme sola sin medicinas? —respondí.
Suspiró.
Siempre suspiraba cuando quería ponerme a mí en el papel de la que exageraba.
—Tu mamá se equivocó, sí. Pero no tenías que arruinar el viaje de todos.
Ahí comprendí que incluso ahora, incluso con expediente médico, con oxígeno, con trabajo social y con un médico furioso por el alta voluntaria, mi padre seguía hablando del viaje como si fuera un bien comparable a mis pulmones.
No contesté.
No podía.
Tenía demasiada rabia y muy poco aire.
Él siguió solo.
—Diego está muy molesto. Dice que por tu culpa lo hicieron pasar una humillación horrible en el lobby.
Pensé en Diego tragando papas junto a mi cama, viéndome temblar y llamándolo drama.