—Eso es imposible. El inversionista era institucional. El contacto pasó por mí. La miré directo. —El contacto pasó por una subsidiaria porque yo pedí que mi nombre no apareciera. Tú solo presentaste al consejo una operación que ya estaba estructurada. —Estás mintiendo. —Hay once semanas de contratos, transferencias, actas y comunicaciones. Todo documentado. Todo revisable. Mi padre se puso de pie. —Emiliano… —Déjame terminar. Había imaginado ese momento muchas veces. Pensé que me sentiría victorioso. Que sería satisfactorio. Pero no. Lo único que sentía era cansancio. El agotamiento viejo de alguien que lleva demasiados años comprando su lugar en una casa donde nunca lo sentaron en la mesa principal. Miré al público, no a mi familia. —Hace catorce meses, esta empresa estaba técnicamente muerta. Sin capital externo, la única salida era quiebra, liquidación parcial y despido masivo. Cuatro de cada diez empleados iban a perder su trabajo. Altaria estructuró un rescate de quinientos millones de dólares. Eso es lo que salvó a Cárdenas Industrial. No discursos. No relaciones públicas. No el ego de nadie. Nadie se movió. —No estoy diciendo esto para humillar a nadie. Lo digo porque la verdad le pertenece a las cuatro mil doscientas personas que trabajan en esta empresa y que merecen saber quién sostuvo el edificio cuando ya se estaba incendiando. Entonces giré hacia Mariana.
Mi padre lo dijo sin bajar la voz, con esa frialdad elegante que siempre usaba cuando quería humillar a alguien sin despeinarse.-olweny