—¡No puedes hacernos esto! —gritó mi padre. Lo miré por primera vez de frente. —Puedo. Porque cuando debiste proteger a tu nieto, preferiste proteger la mentira. Los guardias ya avanzaban hacia Mariana. Ella empezó a gritar, a negar, a señalarme, a decir que todo era una trampa. Los periodistas levantaron sus teléfonos. Algunos directivos bajaron la mirada. Otros, por fin, parecían entender por qué la empresa había olido a podredumbre durante tanto tiempo. Mateo seguía abrazado a mi cuello. Ya no lloraba. Solo estaba callado, respirando rápido, como si supiera que algo enorme estaba rompiéndose alrededor de nosotros. Mi padre dio un paso hacia mí, con la cara desencajada. —Somos tu familia. Sentí algo helado y definitivo dentro del pecho. —Sí —le dije—. Ese ha sido siempre el problema. Y cuando levanté la vista para anunciar lo último que faltaba, entendí que la verdadera caída de los Cárdenas apenas estaba comenzando.
Mi padre lo dijo sin bajar la voz, con esa frialdad elegante que siempre usaba cuando quería humillar a alguien sin despeinarse.-olweny