Ximena no pidió ese lugar. Mi mamá había puesto las tarjetas con nombres, escritas en dorado. La de mi hija estaba justo en esa silla.
Cuando Ximena la vio, sonrió tantito. Caminó hacia ahí con cuidado, como quien no quiere molestar. Tocó el respaldo de la silla y mi papá cambió la cara.
—Ni se te ocurra —dijo.
Todos fingieron no escuchar.
—Papá, su tarjeta está ahí —dije, tratando todavía de hablar como si la razón sirviera en esa casa.
Él soltó una risa fea.
—Tu hija no va a sentarse donde va mi nieta de verdad.
Ximena me miró confundida. No lloraba. Eso me dolió más.
—Yo también soy su nieta —murmuró.
Mi papá se levantó y la empujó del hombro.
—No seas igualada.
Entonces cayó.
Mariana bajó la mirada. Mi mamá apretó la servilleta. Un tío carraspeó. Nadie dijo: “Ernesto, ¿qué hiciste?”. Nadie preguntó si Ximena estaba bien.
Me agaché, la levanté y sentí su cuerpo temblando.
—No hiciste nada malo —le susurré.
Luego tomé mi bolsa. Saqué una carpeta beige que llevaba días cargando como si pesara cien kilos. La puse sobre la mesa, entre el ponche y los platos navideños.
Miré a mi papá. Luego a mi mamá.
—Quedan legalmente notificados.
Mi mamá soltó la copa. El vino cayó sobre el mantel blanco. Mi papá abrió la carpeta, leyó la primera página y se puso pálido.
Yo tomé a Ximena de la mano y caminé hacia la puerta.
Detrás de mí, por primera vez en toda la noche, mi familia dejó de guardar silencio.
No podía creer lo que estaba a punto de pasar…