PARTE 3
La primera audiencia fue rápida, pero pesada como piedra.
Mi papá llegó con traje oscuro y cara de víctima. Mariana llevaba lentes enormes, como si esconder los ojos la hiciera inocente. Mi mamá no levantó la vista. Su abogada intentó convertir todo en un juicio sobre sangre.
—La voluntad del señor Julián era beneficiar a sus verdaderas nietas —dijo.
La licenciada Adriana ni parpadeó.
—La voluntad está escrita. La señora Valeria está nombrada como beneficiaria. Los administradores desviaron recursos. Los rumores familiares no eliminan obligaciones legales.
El juez ordenó congelar lo que quedaba del fideicomiso y entregar todos los movimientos. En la segunda audiencia, ya no había dónde esconderse.
Firmas. Transferencias. Autorizaciones. Pagos hechos con mi parte mientras a mí me negaban ayuda cuando me asaltaron y tuve que cambiarme a un departamento más seguro. Ese mismo mes en que mi mamá me dijo “no tenemos”, Mariana estrenó camioneta.
El juez dictó resolución: mis padres debían restituirme mi parte, intereses, gastos legales y penalizaciones. En total, más de 3.6 millones de pesos.
Mi papá no gritó. Solo se quedó sentado, como si por primera vez alguien le hubiera dicho que no.
Yo pensé que iba a sentir alegría. No fue así. Sentí alivio. Como cuando dejas de cargar una cubeta llena de agua después de caminar años.
Pero todavía había una caja en mi recámara.
Una prueba de paternidad.
La abogada de mis padres la había mandado como amenaza, creyendo que me iba a quebrar. Adriana me dijo que no la necesitábamos para ganar, y tuvo razón. Mi nombre en el fideicomiso bastaba.
Pero después del juicio, esa duda seguía ahí, respirando en la esquina.
La hice.
No por ellos. Por mí.
El resultado llegó un martes cualquiera, mientras Ximena hacía tarea en la mesa de la cocina. Lo abrí sola.
Compatibilidad biológica: positiva.
Don Ernesto era mi padre.