Parte 2…

Tardé varios segundos en responder. No quería mentir, pero tampoco quería hablar desde la rabia.
“No. Voy a protegerme.”
Lo que no le dije entonces fue que ya había dado pasos irreversibles. Había vendido uno de los dos locales a una desarrolladora por una cifra muy por encima de lo que Alejandro podría imaginar. Había creado una renta vitalicia para asegurar mis cuidados futuros sin depender de nadie. Había apartado una cantidad importante para mis nietas, pero en un instrumento blindado, inaccesible para sus padres hasta que ellas cumplieran treinta años. Y, sobre todo, había decidido que la mayor parte de mi patrimonio no iría a Alejandro sin condiciones. Una parte se destinaría a una fundación de apoyo a mujeres mayores en riesgo de exclusión en Jalisco. Otra, a becas de formación técnica para viudas con cargas familiares. Y Alejandro solo recibiría el pleno acceso a ciertos bienes si demostraba, durante cinco años, una relación real conmigo, sin pedir dinero, sin presionar, sin administrar mi vida.
No era venganza. Era una prueba de verdad.
Cuando se lo insinué, aunque sin detalles, se quedó inmóvil.
“Esto es por una fiesta”, dijo.
“No. Esto es por cómo me miraste cuando creíste que yo ya no tenía derecho a decidir nada.”
Se fue dando un portazo que hizo temblar el aparador del comedor. Esa misma noche Fernanda me llamó once veces. A la duodécima, contesté.
Su voz salió azucarada, casi temblorosa.
“Margaret, creo que ha habido un malentendido terrible. Alejandro está deshecho. Nos importas muchísimo.”
Miré la libreta donde estaba anotando los gastos de mi fiesta.
Sonreí sin alegría.
“Entonces vengan el sábado a Guadalajara”, le dije. “Pero esta vez, como invitados. No como dueños de mi vida.”
El sábado amaneció con un cielo limpio, de esos que en Guadalajara parecen recién lavados por el aire fresco de la mañana. Yo llevaba despierta desde las seis. No por nervios, sino por energía. Hacía años que no sentía esa clase de pulso interior, esa mezcla de decisión y serenidad que una tiene cuando ya ha dejado de pedir permiso. La hacienda estaba a veinte minutos de la ciudad, restaurada con gusto, con un patio de piedra, buganvillas en la entrada y un salón amplio con vigas de madera donde cabían ochenta personas sin que nadie se sintiera apretado.
No invité a ochenta. Éramos cuarenta y tres. Los justos para que se notara que aquello era una celebración y no una exhibición. Vinieron mis amigas del barrio, dos antiguas compañeras del colegio donde trabajé de administrativa, mi hermano Raúl con su esposa, una sobrina de Colima, vecinos de toda la vida y tres personas que me importaban mucho: Marta, que fue quien me acompañó al primer despacho de abogados cuando empecé a reorganizar mi patrimonio; el notario, don Ricardo Salazar, invitado a título personal porque había sido amigo de George; y el señor Hernández, presidente de la asociación con la que llevaba meses colaborando en silencio.
Fernanda y Alejandro llegaron tarde.
No una hora tarde por accidente, sino diecinueve minutos exactos, el retraso suficiente para entrar cuando todo el mundo ya estaba sentado al aperitivo y todas las miradas podían girarse hacia ellos. Fernanda apareció con un vestido color crema demasiado formal para una comida campestre. Alejandro llevaba una sonrisa de cartón. Traían una caja enorme, envuelta con un listón dorado. No me hizo falta abrirla para saber que no era un gesto de amor, sino una pieza de escena.
Mis nietas, Sofía y Emma, venían preciosas y algo confundidas. Ellas corrieron a abrazarme de verdad, y ese abrazo me sostuvo durante toda la jornada.
“Feliz cumpleaños, abuela”, dijo Sofía.