En medio de la cena festiva, rodeados de comida deliciosa, Alejandro se puso de pie y levantó su copa de sidra burbujeante, pidiendo silencio a los presentes.
—Brindo por las noches oscuras que, aunque parezcan el final, terminan trayendo la luz más brillante —dijo él mirando fijamente a Carmen con los ojos llorosos—. Y brindo especialmente por ti, por la valiente mujer que nunca dejó de ser mi madre y que me dio la vida 2 veces.
Carmen sonrió con inmensa paz, rodeada del ruido agradable, las bromas y el caos hermoso de una familia real y sin secretos. Ya no era más la viuda silenciosa y deprimida que acataba órdenes. Ya no era la mujer rota y vacía que buscaba consuelo efímero en las camas de moteles ajenos. Era una madre triunfante que había atravesado valientemente las llamas del mismísimo infierno para recuperar a los suyos. Y mientras chocaba su copa, supo que su historia, la trágica historia de la mujer a la que le robaron el alma entera y la recuperó sorpresivamente en un motel de paso, ya nadie en este mundo se la podría arrebatar jamás.