Lo aparté y abrí la puerta.
Lo que vi me partió el alma. Bianca estaba sentada en el suelo, rodeada de plumas, excremento y comida podrida. Vestía ropa rota, manchada de mugre. Tenía el cabello enredado, las uñas quebradas y un puñado de maíz seco en la mano. Se lo estaba llevando a la boca.
Cuando me vio, intentó levantarse, pero se tambaleó.
—Señora Inés… yo no sabía que usted venía.
Me arrodillé frente a ella.
—¿Qué te hizo?
Ella negó con la cabeza, llorando.
—Nada. Yo solo estaba limpiando.
Detrás de mí, Fabián habló con desprecio.
—Mamá, no le hagas caso. Es dramática. Siempre exagera.
Me puse de pie y lo miré. Ya no vi al niño de mi fotografía. Vi a un extraño.
—Nos vamos, Bianca.
Ella miró a Fabián con terror.
—No puedo. Él va a…
—Nos vamos.
Tomé su mano. Estaba helada. Fabián intentó bloquear la salida.
—No puedes llevártela. Es mi esposa. Esta es mi casa.
—Esta casa también fue mía. Y esta mujer viene conmigo.
Subí a Bianca al auto viejo del garaje. Fabián golpeó la ventana.
—Mamá, vas a arruinarme.
Lo miré a través del vidrio.
—No, hijo. Tú ya te arruinaste solo.
Manejé al pueblo sin hablar. Bianca lloraba en silencio. La llevé primero a una fonda. Cuando le sirvieron caldo de pollo, comió como alguien que llevaba años pidiendo permiso para tener hambre.
—¿Cuánto tiempo llevabas sin comer bien?
Bajó la mirada.
—No sé. Él decía que debía ganarme la comida.
Después la llevé al hospital. El doctor me llamó aparte.
—Tiene desnutrición severa, deshidratación, moretones en distintas etapas, 2 costillas fracturadas mal curadas y cicatrices de golpes. Esto no empezó ayer.
Llamé al licenciado Morales. Le conté todo. Él fue directo:
—Si denuncia, su hijo puede ir a prisión.
Miré a Bianca dormida en una cama limpia, con suero en el brazo y marcas moradas en la piel.
—Entonces prepare la denuncia.