“¿Y a dónde quieres que me vaya? No tengo dinero.”
Ajusté el cuello de mi abrigo.
“Puedes probar la bodega del jardín. Dijiste que tenía luz y aire fresco.”
Los policías los escoltaron hasta sus camionetas. Se fueron entre gritos, bolsas mal cerradas y miradas llenas de vergüenza.
Cuando el último vehículo cruzó el portón, la casa quedó en silencio.
Seis meses después, Rodrigo vivía con su mamá en un departamento pequeño en Ecatepec y trabajaba capturando datos por un sueldo mínimo. El juez negó cualquier pensión porque las capitulaciones eran claras y las pruebas, contundentes.
Yo restauré mi casa. Cambié cerraduras, doné muebles, limpié cada rincón y convertí la vieja bodega del jardín en un invernadero de vidrio lleno de orquídeas.
Ahora tomo café por las mañanas mirando ese lugar.
Ellos creyeron que me estaban quitando mi casa y mi dignidad.
Pero en realidad me regalaron la oportunidad perfecta para sacarlos de mi vida para siempre.