No “destruirla”.
No “hacerle daño”.
Destruir la imagen.
Eso terminó de romper algo dentro de Emiliano.
Sacó el teléfono.
—Ya llamé a la policía.
La mentira salió sola.
Pero funcionó.
Rogelio perdió el color.
Teresa abrió los ojos con horror.
—¿Qué hiciste?
—Lo que debí hacer desde la primera vez que ella tuvo miedo de quedarse sola aquí.
Rogelio avanzó furioso.
—Me estás acusando sin pruebas.
Entonces Sofía habló.
Su voz fue pequeña.
Pero suficiente.
—Yo sí soy la prueba.
Nadie respiró.
Ni siquiera Teresa.
Sofía levantó lentamente la manga de su vestido y mostró moretones viejos en el brazo.
—Y también aquí.
Meche comenzó a llorar.
—Rogelio… dime que no…
Pero él no respondió.
Porque por primera vez no tenía control de la habitación.
Emiliano aprovechó ese segundo.
Tomó las llaves.
Abrió la puerta.