Y salió con su hija en brazos mientras detrás de ellos Teresa gritaba su nombre y Rogelio comenzaba a insultarlo como un hombre que acababa de ver derrumbarse el mundo que llevaba décadas construyendo.
Afuera, la tarde de Coyoacán seguía llena de tráfico, vendedores y familias caminando hacia el teatro.
Como si nada hubiera pasado.
Como si el infierno pudiera esconderse perfectamente detrás de una puerta blanca y un apellido respetado.
Pero Emiliano ya no iba a regresar.