La hija de una empleada doméstica.
Incluso una vecina que había guardado silencio durante veinte años.
El monstruo nunca había dejado de ser monstruo.
Solo había tenido dinero suficiente para esconderse.
Teresa intentó buscar a Sofía varias veces.
Pero la niña ya no quería verla.
Una tarde, meses después, Emiliano le preguntó con cuidado:
—¿La extrañas?
Sofía tardó en responder.
—Extraño la mamá que pensé que tenía.
Esa frase lo dejó sin aire.
El juicio tardó casi un año.
Rogelio terminó condenado.
Meche nunca volvió a levantar la mirada en público.
Y Teresa desapareció de las reuniones familiares que antes organizaba obsesivamente para aparentar perfección.
El siguiente recital de piano llegó un año después.
Otro teatro.
Más pequeño.
Sin vestidos caros.
Sin abuelos en primera fila.
Sin mentiras.
Antes de salir al escenario, Sofía tomó la mano de su padre.
—¿Y si me equivoco?