Parte 3
Los años empezaron a caminar rápido en el rancho.
Pedro aprendió primero a correr que a quedarse quieto. Clara, en cambio, observaba todo con unos ojos enormes y pacientes, como si estuviera intentando entender el mundo antes de hablarle. Y Lucía… Lucía dejó de ser niña casi sin darse cuenta.
A los quince años ya ayudaba a Mateo con las cuentas del maíz, cuidaba a sus hermanos y sabía curar gallinas enfermas mejor que cualquiera del pueblo. Ana la miraba a veces desde la cocina y sentía un orgullo tan grande que dolía.
Una tarde de verano, mientras doblaban ropa bajo el corredor, Ana dijo de pronto:
—Te pareces mucho a tu papá cuando te preocupas.
Lucía resopló.
—Eso no es un cumplido.
—Sí lo es.
—Papá vive preocupado.
Ana sonrió apenas.
—Porque ama mucho.
Lucía guardó silencio. Luego dobló otra camisa.
—¿Y usted?
—¿Yo qué?
—¿Todavía siente miedo de que todo cambie?
Ana levantó la vista hacia el patio, donde Mateo ayudaba a Pedro a reparar una cerca mientras Clara perseguía mariposas.
—Todos los días —admitió—. Pero ya entendí algo.
—¿Qué?
—Que las cosas buenas también dan miedo.
Lucía no respondió. Pero esa noche se quedó pensando en eso mucho tiempo.
El problema llegó en septiembre.
La lluvia no cayó.
Primero fueron unos días secos. Luego semanas. Después el maíz comenzó a inclinarse como si estuviera cansado. La tierra se abrió en grietas largas y el ganado empezó a adelgazar.
Mateo dejó de dormir bien.
Se levantaba antes del amanecer y regresaba tarde del campo con la camisa pegada al cuerpo y la mirada lejos. Ana intentaba mantener la calma, pero veía cómo hacía cuentas en silencio mientras creía que nadie lo miraba.
Una noche, Lucía lo encontró solo en el corredor.
—¿Vamos a perder el rancho? —preguntó directamente.
Mateo tardó demasiado en contestar.
—No lo sé.
Fue la primera vez que ella escuchó miedo verdadero en la voz de su padre.
Al día siguiente, Ana tomó una decisión.
Sacó una caja vieja del ropero. Dentro había telas bordadas, servilletas tejidas y manteles que llevaba años haciendo en silencio por las noches. Lucía abrió los ojos.
—¿Usted hizo todo esto?
—Sí.
—¿Y por qué nunca los vendió?
Ana se encogió de hombros.
—Porque aquí siempre alcanzaba.
Pero ahora ya no.
Ese domingo fueron al pueblo. Ana puso un pequeño puesto en el mercado junto a las mujeres que vendían queso y pan dulce. Lucía ayudó acomodando las telas. Al principio nadie se acercó.
Hasta que una señora tomó un mantel bordado con jacarandás morados.
—¿Cuánto?