Antes de mediodía habían vendido casi todo.
Ana regresó al rancho con menos mercancía y más esperanza.
Después vinieron más pedidos.
Manteles. Servilletas. Bordados para bautizos. Incluso vestidos para niñas.
Lucía empezó a ayudarle por las noches. Clara se dormía sobre las telas. Pedro jugaba debajo de la mesa imaginando que era una cueva.
Y poco a poco, el dinero alcanzó para sostener el rancho mientras la tierra esperaba lluvia.
Una madrugada de octubre, Mateo despertó escuchando agua golpear el techo.
Lluvia.
Se levantó tan rápido que casi tiró la silla. Abrió la puerta del corredor y ahí estaba: el cielo entero derramándose sobre los campos secos.
Ana apareció detrás de él descalza. Pedro y Clara llegaron corriendo medio dormidos. Lucía salió la última.
Nadie habló.
Se quedaron viendo la lluvia como quien presencia un milagro.
Entonces Pedro empezó a reír. Clara salió al patio bajo el aguacero. Lucía intentó detenerla y terminó empapada también. Ana soltó una carcajada que Mateo sintió hasta el pecho.
Y por primera vez en muchos años, él hizo algo impensable:
Se metió bajo la lluvia con ellos.
Lucía lo miró sorprendida.
—¿No que te ibas a enfermar?
—Hoy no me importa.
Pedro se abrazó a sus piernas. Clara giraba con los brazos abiertos. Ana tenía el cabello pegado al rostro y los ojos llenos de vida.
Mateo entendió algo mientras el agua le corría por la cara:
La felicidad no era no perder nunca nada.
Era esto.
Tener a quién abrazar cuando la lluvia por fin regresaba.