Parte 4 (Final)
El tiempo siguió adelante, como siempre hace.
Lucía cumplió dieciocho años el mismo verano en que Pedro entró a la primaria y Clara aprendió a leer sola sentada bajo el jacarandá.
El rancho también cambió.
Donde antes había una tierra cansada, ahora crecían hileras fuertes de maíz. El taller de bordados de Ana se volvió conocido en los pueblos cercanos. Algunas tardes llegaban mujeres a aprender con ella alrededor de la mesa grande de la cocina.
La casa se llenó de voces.
De risas.
De vida.
Y aun así, hubo un día en que Mateo sintió miedo otra vez.
Fue cuando Lucía apareció en el corredor con una carta entre las manos.
—Me aceptaron.
Mateo levantó la vista lentamente.
—¿Aceptaron dónde?
—En Guadalajara. Para estudiar enfermería.
El silencio cayó despacio.
Ana sonrió primero, orgullosa. Pero Mateo bajó la mirada hacia sus manos ásperas.
Lucía lo notó enseguida.
—Papá…
—Es lejos.
—No tanto.
—Sí lo es.
Ella caminó hasta él.
—Me enseñaste a trabajar. Mamá me enseñó a cuidar personas. Quiero hacer algo bueno con eso.
Mateo tragó saliva.
Todavía podía verla pequeña, descalza, escondiéndose detrás de él el día que Ana llegó al portón.
Y ahora estaba lista para irse.
Aquella noche casi no habló durante la cena.
Después salió al corredor, como hacía siempre cuando el corazón le quedaba grande. Escuchó pasos detrás de él. Era Ana.
—Estás triste.
—Estoy orgulloso —corrigió él.
—También.
Mateo suspiró.
—Siento que apenas aprendí a tener esta familia… y ya está cambiando otra vez.
Ana tomó su mano.
—Eso significa que hicimos bien las cosas.
Él la miró en silencio.
Y supo que tenía razón.
La mañana en que Lucía se fue, el cielo amaneció limpio y azul. Pedro lloró escondido detrás del granero. Clara le regaló un dibujo donde había cinco personas tomadas de la mano bajo un árbol morado.
Ana acomodó la mochila de Lucía por tercera vez solo para no llorar todavía.
Mateo cargó la maleta hasta la camioneta.
Antes de subir, Lucía se volvió hacia ellos.
Hacia todo.
El corredor.
Las macetas.
El jacarandá.
La puerta de madera donde una vez una mujer embarazada pidió refugio por una sola noche.
Entonces abrazó a Mateo fuerte.
—Gracias por abrir esa puerta aquel día.
Él frunció el ceño.
—Yo no la abrí por ti.
Lucía sonrió con lágrimas.
—Sí la abriste.